domingo, 7 de marzo de 2010

UNA PARTIDA DE PING-PONG

Nunca pensé que ganar o perder una partida de ping-pong pudiera cambiar el curso de mi vida. Y menos aún que una persona pudiera sentir desprecio hacia mí por esa causa, pero lo cierto es que eso fue lo que me ocurrió hace algunos años, y este hecho me ha hecho reflexionar más de una vez sobre el destino de nuestras vidas. Ya ven ustedes, un juego tan tonto, en el que dos personas le dan con unas pequeñas raquetas acorchadas a una pelotita ruidosa y saltarina sobre un tablero de madera hasta que uno de ellos falla y echa la bola fuera del tablero o se enreda en la red. Aunque puestos en este extremo, cualquier cosa, por insignificante que sea, puede cambiar en un momento determinado y con las circunstancias precisas, el rumbo de nuestras vidas: un encuentro fortuito, por salir de casa a una hora y no a otra... o no salir de viaje en avión porque tienes la gripe y resulta que ese avión sufre un mortal accidente en el que mueren todos los pasajeros ¿me comprenden?... nunca sabe uno qué nos tiene preparado el destino.

Pero volviendo a lo que les estaba contando, recuerdo que yo tenía en aquellos días veinte o veintiún años, acababa de concluir mis estudios de Licenciatura en Filología Inglesa en la Universidad de Granada y quise pasar un verano en Inglaterra para perfeccionar mi inglés, conocer a gente y de camino vivir un poco la vida. El último curso de la carrera me había resultado especialmente difícil, pues además había coincidido con la ruptura de Pilar, mi novia de siempre, que me dejó plantado y se fue a vivir con un norteamericano. Así que se me ocurrió ir a un campo de trabajo para jóvenes, lo que me permitiría conocer a gente de sitios dispares de todo el mundo. El campo se llamaba "The Friday Bridge Agricultural Camp" y se encontraba ubicado a mitad de camino entre March y Wisbech, dos pueblecitos de la región de Cambridge.

Allí iban cambiando semanalmente los inquilinos ingleses, que llegaban cada viernes a pasar una semana para realizar diversos trabajos agrícolas y se relacionaban con todos los demás, los extranjeros que teníamos otras nacionalidades. En realidad allí se trabajaba poco, y la motivación fundamental del campamento no era otra que la de ligar a tope unas con otros y viceversa.

Maldije el día que se me ocurrió ir a ese campo cuando llegué a principios de julio, en un día gris y lluvioso, que me hacía presagiar una estancia allí un tanto desgraciada. El viaje se hizo eterno, aunque en los dos días de tren, conocí a algunos españoles que llevaban el mismo destino que yo. Cruzamos en tren España y Francia, y en Caláis un transbordador nos desembarcó en Dover y desde allí de nuevo en tren hasta March. En la estación de ferrocarril de March, un grupo de gamberrillos que no debían sobrepasar los nueve años, hizo un intento de apedreamiento contra los pasajeros que llegábamos a esas horas, como si lleváramos un cartel en la frente en el que se dijera que éramos españoles. Lo cierto es que mis malos presagios fueron un error, aunque mi llegada al campo de trabajo fue un tanto deprimente. Nos acomodaron a todos en unos barracones de madera prefabricados con capacidad para veinte personas y nunca sospeché, que allí, tan lejos de mi tierra y en unas condiciones domésticas cercanas a las de un campamento militar, llegaría a ser tan feliz.

Mi primera sorpresa fue ver las magníficas instalaciones que tenía el campo de trabajo: campos de fútbol, voleibol, tenis, salas de juegos, piscina y hasta discoteca y snack bar. Todos los ingredientes (lo comprendí cuando habían transcurrido unos días) para pasárselo de puta madre si sabía montármelo. Ir a los campos a trabajar era absolutamente voluntario. Había varios destinos: la recogida de la fresa, la frambuesa, la patata, y la poda de manzanos. Yo mismo fui al trabajo algunos días, pero aquello era muy duro y la verdad... me sobraba el dinero para intentar ganar más rompiéndome allí el espinazo.

Una de las veces me tocó ir a una factoría envasadora de patatas, donde llegaban las patatas recién cogidas de los campos y las iban echando a una cinta transportadora. A nosotros nos ponían a lo largo de la cinta a quitar tierra y más tierra... hasta que las patatas, una vez límpias, caían en un saco de esparto situado al final. La cinta transportadora iba siempre tan deprisa que no dábamos abasto y terminábamos mareados después de ocho horas de ver pasar patatas. Por las noches, lo recuerdo perfectamente, cuando cerraba los ojos seguía viendo pasar patatas y más patatas... y soñaba incluso con ellas. Tras esa experiencia, preferí quedarme en adelante en el campamento a enriquecer mis relaciones sociales y conocer el máximo de chicas posibles. A las únicas que no podíamos acercarnos eran a las marroquíes que iban siempre en pandilla, vigiladas de cerca por sus chicos.

Con la primera chica que mantuve relaciones fue con una italiana tetona a la que después de unos días de auténticas batallas tuve que abandonar, pues era insoportable. Me hablaba de política a todas horas. Ella decía que era del Partido Humanista y siempre tenía en la boca la palabra "humanitá"... hasta cuando hacíamos el amor. No la aguantaba, por lo que tuve que pasar varios días trabajando en aquellos campos ingleses llenos de verdor y con agricultores similares a los españoles en sus indumentarias, pero que hablaban inglés. Desde un principio, cuando viajaba de Dover a March en ferrocarril, me cautivaron los paisajes ingleses, tan llanos y verdes. Los paisajes de campos en Inglaterra tienen una especial belleza, muy bien reflejada por los pintores ingleses del XIX, Turner y Constable. Es un paisaje muy verde y pintoresco en el que con frecuencia se dan fenómenos meteorológicos y atmosféricos de gran belleza y plasticidad, en ambientes rurales y campestres.

Los primeros días transcurrieron con cierta monotonía, pero todo cambió cuando conocí a Suzanne Gulip. Era una chica galesa, de profesión masajista o fisioterapeuta. Trabajaba, según me comentó, en un centro de rehabilitación en Londres. Me gustó desde el primer momento que la vi. Tenía un cuerpo precioso, pelirroja, guapa, ojos verdes, piel blanca y muchas pecas. Llegué a sentir por ella auténtica pasión. Pasábamos todo el día juntos, abrazados como dos tortolitos. Cuando llegaba la noche, sacábamos unas mantas de nuestros barracones y nos perdíamos en la oscuridad por las arboledas cercanas al campamento. Descubrímos una casa abandonada no muy lejos de allí que era el lugar predilecto para nuestras escapadas amorosas. No olvidaré nunca las noches de luna llena en el campo inglés, en las que la luna luce casi con tanta intensidad como el sol. Fueron aquellos unos días ciertamente maravillosos y llegué a sentirme muy feliz allí.

Las cosas cambiaron radicalmente una tarde, cuando Suzanne y yo regresábamos de dar un paseo por el campo, y al pasar por la sala de juegos, a ella se le antojó que echáramos una partida de ping-pong. A mí no me apetecía demasiado la idea, pero por darle gusto a ella accedí. Debo decir que nunca fui muy habilidoso en este juego, aunque en aquella época me defendía bastante bien. La sala estaba llena de gente ocupada en otros juegos, cuando Suzanne y yo comenzamos a jugar. Ella jugaba extraordinariamente: tenía una rapidez increíble y daba unos mates inverosímiles llenos de espectacularidad y belleza. Cuando ella llevaba anotados ya cinco tantos y yo ninguno, me mosqueé un poco y la gente comenzaba a arremolinarse en torno a nuestra mesa. Yo seguía sin anotar ningún tanto y Suzanne me estaba machacando: diez a cero. Aquello se fue ambientando cada vez más y más, y la gente iba llegando como si alguien estuviera voceando por el campamento que una tía buenísima estaba machacando al ping-pong a un pardillo español.

Cada mate de ella era celebrado con aplausos por el entusiasta público allí congregado, hasta que la partida terminó con el resultado de veintiuno a cero, y ella fue sacada de allí en volandas rodeada de moscones que no dejaban de halagarla. Yo me quedé en la sala de ping-pong un tanto perplejo. No comprendía bien que es lo que había pasado ni entendía la actitud de Suzanne conmigo. Me senté en uno de los bancos próximos a la mesa de juego y permanecí un rato en silencio con la mirada perdida en aquella sala que en breves minutos se había quedado desierta. Me sentía como un perdedor al que habían vulnerado en su orgullo y dignidad. Sentí rabia por el comportamiento de Suzanne. Se tomó el juego como una cosa de vida o muerte, como un duelo público, en el que, si yo perdía, no era ya digno de cortejarla. Como si jugar mal o bien al ping-pong sirviera para algo en esta vida: el ping-pong no es más que un juego de mesa al que ni siquiera le doy la categoría de deporte. Claro que yo pensaba en clave de persona culta e inteligente y Suzzane, tenia un cuerpazo impresionante, pero de cabeza me acababa de demostrar que estaba fatal. Era una persona vacía, pobre interiormente, estúpida e imbécil.

Estaba aturdido y de mal humor. No entendía cómo alguien en esta vida podía hacerme a mí esto, despreciarme por haber perdido una partida de ping-pong. Permanecí sentado y solo junto a la mesa de ping-pong no sé cuanto tiempo, tal vez quince o veinte minutos, atrapado por mi rabia y sumido en mis pensamientos, cuando una voz femenina, inglesa y desconocida me sacó de nuevo a la realidad. Una chica tras de mí, me puso su mano en el hombro y me dijo en su idioma natal:

-- No eres muy bueno jugando a esto ¿eh?... No te desanimes hombre, que esto es sólo un juego.

-- Ya sé que es un juego y por eso me sienta mal que algunas personas se tomen el juego de la pelotita y las palas como si les fuera la vida en ello. Es un estúpido juego y en este país parece que la gente esta loca con estos juegos... Perdona, pero es que estoy de muy mal humor, pues me acaban de ajusticiar y desterrar como hombre por haber perdido una partida de ping-pong. Y a propósito... ¿quién eres tú?.

-- Soy Elisabeth Auld, amiga de Suzanne o mejor dicho, compañera de barracón. La verdad es que nos conocemos apenas hace una semana y desde que conocí a esta mujer tengo la impresión de que es un poco inconsistente y vacía de cabeza. No tengo una opinión muy favorable sobre ella. Ella es mona pero como persona deja mucho que desear. A ti te conozco de vista y porque Suzanne nos ha hablado de ti en alguna ocasión. Esta mujer habla más de la cuenta... en fin. Ya sabes.

Salimos de allí juntos Elisabeth y yo, y estuvimos un buen rato aún paseando y tomando una cerveza con una hamburguesa en el bar. Elisabeth era una chica más bien alta, morena con una melenita y de piel muy blanca. Tenía unos ojos grises y una serena belleza que me cautivó conforme iban pasando los minutos. Estuvimos un buen rato hablando: me dijo que era decoradora y que vivía en su ciudad natal, en York. Me habló de sus monumentos, del gótico inglés e incluso profundizamos en algunos autores clásicos de la literatura inglesa. Me causó una gran impresión, pues parecía una mujer culta, sensible y moderna. Nos despedimos en la zona del campamento que dividía los barracones de hombres y mujeres, y quedamos en vernos por la noche en la discoteca.

Aquellos días siempre los he relacionado sentimentalmente con una canción que acababan de publicar los Rolling Stones y que sonaba constantemente en todos sitios: "Angie". Aún hoy cuando la escucho, me da un vuelco el corazón con los recuerdos de aquellos amores de juventud y la fuerte impresión que causó en mis sentidos la belleza de los paisajes ingleses. Recuerdo que en aquellas semanas, hice gran amistad con un arquitecto turco recién licenciado también, Volkam Hiljmet, que como yo estaba pasando allí parte de las vacaciones para perfeccionar su inglés. Gracias a su buen carácter y su sentido del humor superé con facilidad el bache en el que me había dejado el episodio con Suzanne. Por cierto, que desde que me dio aquella paliza al ping-pong, se apartó de mí como si fuera un apestado. Aquel día por la noche, la busqué por la discoteca y me dijo que la dejara en paz, que no quería verme el pelo en la vida. Salvando el dolor que me produjo en mi amor propio y en mi orgullo de hombre aquella actitud, sentí en pocos días alivio de no tener ya nada que ver con aquella tipa, aquella masajista... a la que, con toda seguridad, le iban los hombres atléticos, musculosos y poco profundos. Yo era un intelectual y tenía difícil encaje en esa historia.

Lo que ocurrió desde entonces hasta finales de agosto, fue una sorpresa para mí y marcaría, sin yo saberlo, el futuro de mi vida. Los encuentros con Elisabeth se fueron prodigando cada vez con más frecuencia hasta que nos enamoramos el uno del otro de una manera muy romántica no exenta también de ciertos ingredientes intelectuales, humanos y de pura atracción física. Llegué a vivenciar nuestra relación como lo más especial que me había pasado en mi vida. Estar con ella se convirtió para mí en una aventura diaria, en un mundo completamente nuevo y atractivo que junto a ella estaba descubriendo día a día. De su mano conocí la esencia de la idiosincrasia y la cultura anglosajona. Me ganó el corazón cuando me dijo, que realmente se había enamorado de mí cuando me vio perder aquella partida de ping-pong con la galesa pelirroja y hortera. Sintió mucha pena de mí y comprendió en aquellos justos momentos en que finalizó la partida, que me habían hecho injustamente mucho daño. Está claro que de haber ganado yo aquella partida de ping-pong, jamás la habría conocido y posiblemente, mi vida hubiera tomado un rumbo diferente al que tomó.

Aquel verano nos fuimos juntos del campamento y pasé todavía una temporada más con ella en su casa de York, donde fui recibido por su familia con gran afecto. En esos meses tuve la suerte de encontrar un buen trabajo en un colegio de York y me planteé la posibilidad de quedarme a vivir en Inglaterra. Ya sé que un andaluz en Inglaterra tiene mal encaje, pero yo tenía los dos ingredientes principales para quedarme a vivir allí: un buen trabajo y una mujer enamorada. Nos casamos dos años más tarde, aunque a los seis meses de conocernos ya vivíamos como pareja. Desde entonces no nos hemos separado y aún hoy, cuando ya han pasado cerca de veinte años, seguimos viviendo en York, donde nacieron nuestras dos hijas. Elisabeth trabaja como directora en su empresa de decoración y yo soy feliz aquí en Inglaterra con mi trabajo, dedicado a la enseñanza, a la investigación y compartiendo la vida con una mujer maravillosa, de la que sigo enamorado aún como al principio. Todos los años vamos un par de veces España, a pasar las vacaciones con mi familia para que las niñas no pierdan el contacto con mi tierra y mi gente.

Elisabeth y yo aún nos escapamos a Cambridge alguna que otra vez, a visitar aquel paraje rural donde estuvo el campo de trabajo en el que nos enamoramos, entre dos pueblecitos muy típicos y tranquilos de la zona, March y Wisbech, y comprendemos que tal vez, de no haber sido por aquella partida de ping-pong que perdí en aquel campo de trabajo un verano hace ya tantos años, es más que probable que nunca nos hubiéramos conocido. Debo confesar que no he vuelto a jugar nunca más al ping-pong desde que perdí aquella partida con Suzanne.