domingo, 7 de marzo de 2010

ALMA DE PERDEDOR

El sol comenzaba a ocultarse tras los perfiles de los edificios que había frente al apartamento en el que Ernesto Sotomayor vivía en la Avenida de Extremadura, en Madrid, desde que contrajera matrimonio quince años antes con su novia de siempre, Araceli Corpas. Ernesto estaba en silencio, sentado en uno de los sillones del salón, que ya comenzaba a estar en penumbra. Como absorto, tenía la mirada fija en un cuadro que estaba colgado frente a él, en el que se representaba un paisaje de arboledas junto a un lago cristalino donde se reflejaban como un espejo, los árboles y las montañas que servían de telón de fondo a la composición. La casa estaba en absoluto silencio, sólo perturbado por el zumbido lejano de los coches que a esas horas de la tarde transitaban por la avenida, y los ruidos y voces domésticas de los vecinos que ocupaban los apartamentos colindantes.

Era un jueves del mes de enero, y hacía diez días que Ernesto Sotomayor no veía a su mujer. Un domingo por la tarde tuvieron una fuerte discusión. La gota que colmó el vaso en una relación estéril llena de disparidades de criterios, mal entendidos, desamor y desengaños que había desembocado en la ruptura. Araceli Corpas se fue a su apartamento de soltera, que se compró en el barrio de Latina con el esfuerzo de su trabajo y que aún conservaba, y ambos determinaron solicitar legalmente el divorcio. Ernesto tenía setenta años, cuatro más que Araceli. Pudieron casarse cuando él tenía cincuenta y cinco años y ella acababa de cumplir los cincuenta y uno. La cárcel y la cadena perpetua de Ernesto rompieron los planes ilusionados que ambos tenían cuarenta años antes, cuando estallaba la guerra civil.

Ernesto Sotomayor se encontraba abatido y sólo al final del camino. En silencio y quieto, en la penumbra de su apartamento, dio un repaso a la película de su vida y se sintió amargado por la mala suerte que siempre le acompañó. Él era un muchacho inquieto y atractivo, que comenzó a ganarse la vida como aprendiz en la imprenta que un primo de su padre tenía en Pozoblanco (Córdoba), y ella como costurera, cosiendo de casa en casa todos los días de la semana. Ambos eran de familias humildes y Ernesto respiró en la trastienda de la imprenta donde trabajaba, los aires revolucionarios que le inclinaron a ejercer de periodista accidental, imprimiendo octavillas, panfletos y un periódico ideológico del Partido Comunista de su pueblo. Pero llegó el día en que sintió la necesidad de salir de aquel pueblo de la provincia de Córdoba y pasar a la acción alistándose en las filas del Ejercito Republicano, donde muy pronto destacó por sus hazañas en distintos frentes.

Le ocurrió lo que a muchas personas que perdieron esa guerra: que fue a parar con sus huesos a la cárcel. A él se le apreció que había estado implicado en delitos de sangre y fue condenado a cadena perpetua. La sentencia fue un sarcasmo cruel, pues Ernesto sólo cumplió con su deber de soldado: luchar, matar y vencer al enemigo en el campo de batalla, ¿acaso los del otro bando no hicieron lo mismo?. Tenía entonces veinte años y seguía enamorado de Araceli, la mujer de su vida. Estaban planeando casarse pero decidieron dejarlo para cuando terminara la contienda. Antes de marcharse al frente se juraron amor eterno, por eso Araceli dejó Pozoblanco y se fue a Madrid para estar cerca de la cárcel donde estaba su hombre. Pero, el destino les deparó desigual suerte a uno y a otro.

Ernesto estuvo varios años trabajando en la Basílica del Valle de los Caídos. Allí, con trabajos forzados, aprendió a tragarse sus ideas con la frustración del perdedor, y su orgullo y soberbia de hombre fueron deteriorándose poco a poco, entre las miserias y calamidades que a diario vivía en la cárcel. Los años iban pasando y lejos de que la situación pareciera que iba a cambiar, el régimen del triunfador iba consolidándose, según las noticias que le llegaban del exterior, a veces llevadas por su propia novia.

La situación en el interior de la cárcel en los primeros años fue angustiosa. Raro era el día que no se llevaban a alguien a fusilar. En los años que llevaba dentro, habían ya fusilado a cinco compañeros de celda. La angustia y el terror estaban presentes cada momento del día para los perdedores encerrados en aquel penal. A Ernesto, le atormentaba la idea de que su condena fuese cambiada, como se rumoreaba dentro de la prisión que había sucedido con algunos republicanos que se señalaron en el frente. Su estado de desesperación le llevó a tomar una tremenda determinación.

Recordaba perfectamente que fue con veintiocho años, cuando decidió cortar con su novia. Hacía meses que lo venía pensando y decidió hacerlo uno de los días en que Araceli vino a visitarle a Carabanchel. La miró a los ojos con ternura y respeto y se lo dijo:

-- Araceli... cariño mío, no podemos seguir así. Tú tienes que rehacer tú vida y dejarme aquí. Demasiado daño te he hecho ya, para hipotecar tu vida hasta sabe Dios cuando... Tienes que dejarme. Tenemos que cortar nuestra relación para siempre.

-- Tú eres mi hombre y no habrá nadie más que tú. Estás diciendo tonterías por la desesperación y la dureza de la cárcel. Tú no te preocupes por mí, que voy saliendo a flote con mi trabajo. Lo mismo hay un cambio cualquier día, y estás en la calle ya mismo. Anímate.

-- Que no, Araceli. Que no tenemos ningún porvenir juntos. Yo en la cárcel y tú sola aquí en Madrid siendo la novia de un preso con una sentencia de cadena perpetua. En el mejor de los casos, suponiendo que saliera dentro de unos años por buena conducta o... por lo que sea, siempre seré un hombre marcado por el régimen. Además esta gente puede hacer conmigo lo que quieran. Yo ya no soy dueño ni de mi vida. Estoy viendo a diario cómo se llevan a compañeros míos de celda a fusilar y cualquier día me puede tocar a mí. Yo no te convengo Araceli... convéncete.

-- No Ernesto, yo te esperaré aunque sea toda la vida. Yo te amo y soy feliz queriéndote. No podría tener hijos con otro hombre, porque sólo te amaré a ti.

-- Pero, ¡qué tonterías dices mujer!... Como vamos a tener hijos. Yo no soy el Espíritu Santo ¿sabes?. Despierta ya y no llores más. No tengas compromiso por mí. La culpa de todo ha sido mía, por mi mala cabeza y mis ideas, y justo es que pague yo solo la pena, pero tú no has hecho nada, y tienes derecho a rehacer tú vida y a ser feliz. Por mi parte te libero de nuestro compromiso. Te quiero tanto que no puedo permitir más esta situación.

Araceli no dejaba de sollozar negando una y otra vez esa posibilidad que le planteaba Ernesto, hasta que éste la amenazó con no contestar más sus cartas y con no aparecer en los locutorios de la prisión cuando viniera a verle.

Cuando el funcionario de prisiones, le avisó a Araceli que la entrevista había terminado, Ernesto sintió un fuerte desgarro en su interior. Ella aún volvió una vez más la cabeza para mirar a Ernesto. Durante unos meses se sintió roto por dentro. No volverían a verse ya hasta treinta y dos años después. Tal como le anunció, Ernesto no contestó las cartas que le seguían llegando, ni acudía a los locutorios cuando venían las visitas y Araceli sufrió profundamente aquella incomunicación. Fueron unos meses muy duros que le marcaron para toda la vida.

Conforme pasaban los meses, Ernesto sentía un mayor dolor dentro de su alma. Las humillaciones y el trato de la prisión era tan vejatorio, que llegó a sentirse una verdadera piltrafa humana. Una rata de prisión sin derecho a nada: ni al amor de una mujer, ni a unos hijos, ni siquiera a un mínimo de dignidad humana. Nada de nada. Su único escape eran las horas de trabajo. Una vez finalizada la Basílica de los Caídos, pasó a trabajar en la propia prisión. El trato al presidiario fue evolucionando a mejor. Asistía a todos los cursos de formación profesional que llegaban a la cárcel, y llegó a destacar como un excelente mecánico, albañil, pintor, fontanero... y muchas cosas más. La vida transcurría para él con tranquilidad, soledad y tristeza. Se había acostumbrado a estar encerrado y llegó incluso a encontrar la paz de espíritu y a sentirse bien consigo mismo.

Los años también fueron pasando para Araceli. No abandonó Madrid y siguió luchando allí para salir adelante sola. Después de unos años de trabajar como costurera de casa en casa, reunió el dinero suficiente como para alquilar un local y montar un taller de costura, con algunas aprendizas. El negocio fue prosperando hasta que el taller tuvo más de treinta costureras. Se había convertido en una empresaria de un taller de alta costura, al que acudía la gente más pudiente de Madrid a confeccionarse su ropa; sin embargo, no era feliz, tenía clavada la espina de Ernesto en su corazón. Inició multitud de relaciones con muchos hombres pero ninguna llegó a fraguar, pues sus noviazgos eran fugaces. Nunca pudo expulsar de su cabeza el fantasma de Ernesto, a quien seguía queriendo calladamente, y en su soledad vivenciaba a diario el desconsuelo de no volverlo a ver jamás. Durante todos estos años, Aracelí vivió con un sufrimiento sordo en su interior que le impedía mirar la vida con optimismo. De alguna forma, el resultado de la guerra civil también marcó su carácter y su vida para siempre.

Pasaron treinta y dos años sin que ninguno tuviera noticias del otro. Un buen día Ernesto salió de la cárcel, cuando tenía 55 años. Con la muerte del dictador llegó la amnistía. Ayudado por su familia, se instaló en una pensión. Encontró trabajo en Vallecas, en un taller de automóviles. Pronto destacó como un gran mecánico y le contrataron como jefe de taller en la central de Seat. Un buen sueldo y consideración social normalizada, le devolvieron la dignidad humana y el ánimo para vivir lo mejor posible los años que le quedaran de vida, aunque su salud quedó muy deteriorada en el Valle de los Caídos y en Carabanchel. Había pasado mucho frío en aquella cárcel, y el reúma le había hecho una seria mella en sus articulaciones: su columna vertebral estaba en muy mal estado, y como consecuencia de varias hernias de disco, Ernesto caminaba algo encorvado. Se encontraba muy estropeado y envejecido, su aspecto representaba a un hombre con diez o quince años más de los que realmente tenía.

Ernesto alquiló con opción a compra un amplio apartamento en la Avenida de Extremadura. No sabía nada de Araceli, hasta que un día se encontró en la parada del metro a Antonio, un primo de ella de Pozoblanco, que llevaba muchos años trabajando en Madrid . Le habló de Araceli. Se alegró infinito, saber que había triunfado profesionalmente y más, cuando supo que seguía aún soltera. Desde aquel día deseó verla y lo hizo. Por las tardes se iba al barrio de Latina, donde Araceli tenía su casa y el taller de costura. La veía salir y entrar. Estaba, como él, más vieja pero conservaba la magnífica figura que tuvo de joven, acentuada ahora con los modelos que ella misma se diseñaba en su taller que le daban cierto aire de elegancia y distinción.

Ernesto se decidió a hablar con ella a las pocas semanas y un día la abordó por la calle pasándose por un desconocido, con la intención de comprobar si Araceli era capaz de reconocerlo.

-- Por favor , señorita, me puede decir si está por aquí la calle Hierbabuena.

Araceli le indicó por donde tenía que encaminarse para encontrar la dirección que le había solicitado, sin reparar en que aquel hombre que le hablaba, era Ernesto Sotomayor, mucho más envejecido que ella, con el pelo completamente blanco, muy delgado, la cara surcada por las arrugas y ligeramente encorvado. Ernesto la siguió hasta la cafetería en que Araceli entró a tomar un café. Se encaminó a su mesa y le dirigió de nuevo la palabra.

-- Buenas tardes señorita, disculpe si la estoy importunando, pero quería decirle que sigue usted tan guapa como cuando tenía veinte años. Que es usted la mujer más guapa que hay en todo Madrid.

Araceli alzó su mirada algo molesta y no lo reconoció. Le hizo un mal gesto y le rogó que no la molestara y se fuera.

-- Vaya... es usted otra vez. Menuda fijación que ha cogido conmigo, oiga. Déjeme en paz de una vez y no me moleste más caballero, que voy a tener que llamar al camarero para que le echen de aquí... ¡Qué hombre más cansino, madre mía!. No puede una ya ni estar tranquila y sola tomando un café en un bar.

Ernesto insistió de nuevo. No quería dejar pasar más tiempo sin darse a conocer. Habían pasado demasiados años separados y deseaba enfrentarse de una vez por todas a su destino. Había llegado para él la hora de la verdad. Con una sonrisa de humildad y sumisión en los labios se dirigió de nuevo a Araceli.

-- Perdone usted señorita, si la he podido molestar. No era ésa mi intención, es que posiblemente me estoy confundiendo de persona... Ha pasado ya tanto tiempo. ¿No es usted la señorita Araceli Corpas?.

La mujer cambió en unos segundos de actitud. Aquel tono de voz comenzó a sonarle familiar: sintió que un fantasma del pasado había venido a molestarla mientras se tomaba un café en un bar cualquiera, e instintivamente miró a los ojos a Ernesto, como si en el fondo de aquellos ojos se alojara algo muy suyo que le había acompañado a lo largo de su vida. No le dio tiempo a contestar, pues Ernesto le reveló sin más dilación quién era.

--...Yo soy Ernesto. Ernesto Sotomayor... ¿no me recuerdas, mujer?.

Araceli dio un brinco en la silla y se levantó instintivamente. Sintió una fuerte conmoción en su interior: se le vinieron encima cuarenta años de sufrimientos callados. Con una mano en la boca y la otra en el pecho, no pudo articular palabra y comenzó a llorar emocionada. Ernesto se encontraba también muy emocionado y tras abrazarla muy nervioso la ayudó a sentarse de nuevo, le cogió su mano y la besó varias veces, al tiempo que le decía:

-- Todavía te quiero, amor mío. Tranquilízate mujer que ya estoy aquí para estar a tu lado siempre. El tiempo que me quede de vida me gustaría pasarlo junto a ti,... si no tienes inconveniente... Todavía podemos recuperar algo del tiempo que hemos perdido. Estamos todavía vivos y a mí me quedan aún muchas ganas de vivir y ser feliz a tu lado... si tú me dejas. Estás guapísima mujer, el tiempo no ha pasado por ti.

Araceli estaba tan emocionada que no podía articular palabra alguna, sólo acertaba a acariciarle las mejillas a Ernesto y a llorar con mucha pena, tal vez impresionada por el aspecto que tenía aquel hombre al que tanto amó. Los años y los sufrimientos habían dejado sus estigmas en su cuerpo. Cuando logró serenarse un poco, Ernesto le contó que hacía pocos meses que había salido de la cárcel, que tenía un buen empleo en Madrid y que por su primo Antonio, supo donde vivía y trabajaba ella. Se casaron al mes siguiente y se fueron a vivir a casa de Ernesto, que terminó comprándola. Fueron felices durante unos años, aunque tan mayores, la convivencia no era ya fácil. Ambos estaban acostumbrados a vivir solos, sin rendir cuentas a nadie, y el matrimonio conlleva paciencia y cesiones por ambas partes en muchísimas ocasiones. Las cosas comenzaron a torcerse cuando Ernesto se jubiló: los reproches, la falta de unos hijos y la frustración por una vida truncada, fueron sumiendo a la pareja en un infierno que cada vez era más insoportable. Hasta que Araceli decidió marcharse a su propio apartamento.

Ernesto seguía sentado en el salón. Había anochecido y en la estancia, ya en penumbra, sólo entraba el resplandor del alumbrado de la calle. Se sentía muy abatido. Era un fracasado. Su vida había sido un desastre. La cárcel le había truncado todas las ilusiones, los hijos que no tuvo, el amor, su profesión, sus proyectos... Era un hombre con alma de perdedor nato, marcado desde muy joven por el destino. Y ahora, al final del camino le llegaba este nuevo fracaso. Se encontraba frente al desamor y la soledad. Lamentaba haber llegado a esa situación con Araceli, pues al fin y al cabo, ella era lo único importante que le quedaba en su vida a pesar de que la convivencia entre ambos en los últimos años, no había sido nada buena. Se sentía abandonado, viejo y solo. Recordó con amargura a su madre y el cariño y los desvelos que siempre tuvo hacia él. Ernesto se crió en el seno de una familia muy humilde y él siempre fue un chico enfermizo y débil a quien su madre prestó siempre especial atención. Deseó en esos momentos volver a los diez años y que su madre estuviera allí para aliviar su dolor con su protección y consuelo, pero Ernesto tenía setenta años, era un viejo situado ya en la recta final y sintió por unos segundos el peso tremendo e insoportable de la soledad existencial y del discurrir del tiempo.

El ruido de la cerradura de la puerta rompió los pensamientos de Ernesto y el silencio en el que estaba sumido devolviéndolo a la realidad. Alguien estaba entrando en la casa.

-- ¿Estás ahí, Ernesto?. Soy yo, Araceli. Ernesto!, Ernesto!... Contéstame... Soy yo ¿Estás ahí?...


Ernesto saltó del sillón y se dirigió apresurado hacia la entrada de la casa. Llegó ante Araceli, despeinado y limpiándose las lágrimas que bañaban sus mejillas arrugadas. Los dos se quedaron en silencio mirándose frente a frente durante unos segundos hasta que se fundieron en un emocionado abrazo. Tal vez aún estaban a tiempo de cambiar el destino de sufrimiento que les había tocado vivir, el destino de dos viejos que un día hace ya muchos años, se amaron profundamente.