domingo, 7 de marzo de 2010

LA DESCONOCIDA

Al cruzar la puerta, el frío de la calle acarició mis mejillas. Había anochecido. Sentí la necesidad imperiosa de irme de la reunión y salir afuera a oxigenarme un rato pues el calor me estaba asfixiando. Tres horas de reunión y de discusiones habían cargado el ambiente, y el humo del tabaco había convertido la sala de reuniones en una pesadilla. A lo lejos se oían los silbidos de un tren que debía de estar entrando en esos momentos en la estación. Imaginé a los viajeros andando apresuradamente por el andén de la estación buscando la salida, en una competición estúpida por llegar antes a la parada de taxis. Había dejado de llover y pensé que tenía que volver a mi despacho a firmar algunos documentos del acuerdo conseguido en aquella reunión. Decidí dejar la firma para otro momento y dar un paseo por la avenida próxima.

Las calles, aún mojadas por la lluvia, se encontraban muy tranquilas. Algún transeúnte caminaba apresurado, tal vez para llegar pronto a casa. Sentí un poco de envidia de aquellas personas anónimas a las que su familia seguramente aguardaba a esas horas. A mí no me esperaba nadie. Hacía años que estaba solo en el mundo, y a excepción de algunos amigos, no tenía demasiado aprecio por nadie en esta maldita ciudad, a donde tuve que venir casi obligado si quería sacar a flote la empresa.

Conforme caminaba, la niebla se fue haciendo más espesa y al doblar la esquina me vi sin proponérmelo ante el "Callejón de los Sueños". Al fondo, unas luces de neón pestañeaban intermitentemente el nombre de un local de copas, el Pub Bohemian's, de donde salía una pegadiza melodía de jazz. Me encontraba cansado y tenso, y pensé que en aquellos momentos, una copa y un poco de relajo musical me vendrían bien, así que decidí entrar en el establecimiento.

El camarero me sirvió un brandy que tomé con gran fruición. Solicité una segunda copa y empecé a sentirme mucho mejor. Allí dentro el ambiente era muy agradable, la música hizo que me sintiese a gusto. Desconecté el móvil para que nadie me molestara. En aquellos momentos nadie podía dar conmigo y me sentí como un gran anónimo solitario, libre después de un día cargado de tensiones.

Aquel local, sin ser nada pretencioso, estaba bastante bien. Su decoración y la música de fondo, iban muy de acuerdo con el ambiente de la estancia. Al fondo de la barra, observé a una chica solitaria que, sin disimulo, me miraba insistentemente. Desde aquella distancia me pareció guapa. Cuando me aproximé a ella, me dije a mí mismo que estaba ante la tía más buena que había visto en los últimos quinientos años. Era morena con el pelo muy negro, largo y ensortijado, que le caía en cascadas de lujuria por los hombros hasta sus abultados pechos. Su boca era mediana y roja, y brillaba como la granada madura. La miré divertido a sus negros y grandes ojos y me quedé mudo. !Dios, era guapísima...!, Fueron unos segundos larguísimos, hasta que me decidí a hablar.

Ella me sonrió cuando le pregunté su nombre y me contestó con otra pregunta: "pero hijo... ¿a donde vas así?...que no estamos en carnaval"... y soltó una carcajada deliciosa a la vez que giraba su cabeza hacia atrás y con una mano se quitaba el pelo de la cara, seguramente para exhibir ante mí su espectacular cabellera negra. Estaba sin duda coqueteando conmigo. No comprendí que reproche podía tener hacia mi indumentaria: traje azul oscuro, camisa azulona con pasadores y corbata en tonos rojos, azules y amarillos. Ciertamente no casaba mucho con la ropa que ella llevaba puesta: un suéter rojo de tirantes que resaltaba aún más la belleza de sus turgentes senos, una minifalda vaquera, botas de cuero negro y una "chupa" del mismo material que tenía a su lado sobre el mostrador. Olía muy bien.

Le expliqué, casi a modo de disculpa, por qué iba así vestido: mi trabajo me lo exigía y acababa de salir de él. Además, argumenté, que con esa indumentaria me sentía cómodo y acorde con mi manera de ver la vida. Hablamos de muchas cosas, sin profundizar en nada. La conversación fue derivando por otros cauces y llegamos ineludiblemente al tema del sexo. Desde un principio ella siempre adoptó hacia mí una actitud maternal, de superioridad, a la que yo no fui ajeno y que consentí. Pagué las copas y salimos a la calle. Ella me pasó su brazo por la cintura y me vi casi en el compromiso de pasarle el mío por su hombro. Las calles estaban solitarias, de vez en cuando algún coche cruzaba veloz la avenida. Caminamos un buen rato hablando de cosas intranscendentes, hasta que tras un breve silencio, nos detuvimos frente a un portal cuyas puertas estaban cerradas a cal y canto, y nos besamos con tal pasión que casi perdí la noción del tiempo y del espacio. Era una mujer devoradora y consiguió aturdirme por completo.

Llegados a este extremo, decidí tomar un taxi y llevarla a mi apartamento. La chica, lejos de poner alguna pega, respondió a mi iniciativa con una risa lujuriosa que hizo que el taxista nos mirara por el espejo retrovisor con cara de sana envidia. Hizo un leve gesto moviendo la cabeza y echó a andar el coche. Ella, como una hembra en celo, no dejaba de besarme. Me encantaba su olor y la dulzura de sus labios.

Me despertó el ruido de la calle. Algunos rayos de sol se colaban de manera furtiva por las rendijas de la persiana, iluminando tenuemente la habitación. Me dolía la cabeza y todo me daba vueltas. Me senté en la cama y fui a coger el reloj de la mesilla de noche, pero no estaba allí ni en ningún otro sitio. Miré hacia atrás y me di cuenta que estaba solo. La chica se había largado de allí mientras yo dormía. No me extrañó que no la oyera irse, pues entre las copas y la batalla librada con ella durante la noche, estaba hecho unos zorros. Me sentía enamorado. Seguí buscando el reloj por la habitación pero no aparecía.

Después de la ducha me vestí con rapidez a la vez que me tomaba un café cargado. No se apartaban de mi mente las imágenes vividas con aquella chica: cada rincón de su cuerpo, su cara, sus ojos, su boca... Era una mujer muy hermosa y no podía quitármela de la cabeza. Me fui en un taxi al trabajo y al llegar allí, algo hizo que sintiera estupor y saliera de mis sueños. Cuando me disponía a pagar al taxista, comprobé que no tenía ningún billete en la cartera. Le pedí al taxista que me llevara a un cajero automático próximo y al final pude pagarle. De regreso al trabajo, comprendí que aquella guapa desconocida me había robado el reloj y todo el dinero que llevaba en la cartera, y es más que probable que arramblara con todo lo que encontrase de valor en casa mientras yo dormía.

¿Qué hacer?...si iba a denunciar el hecho a la Policía se iban a burlar de mí, pues mi comportamiento había sido el de un "pardillo"... y para colmo, ni siquiera sabía su nombre. Sólo era una mujer muy hermosa a la que llevé a mi casa a pasar la noche y que me había robado un reloj muy caro, más de sesenta mil pesetas y no sé aún si algo más. Allí además, me preguntarían sobre lo que hicimos o dejamos de hacer... y comprendí que ir a la Policía era una jilipollez. Decidí ir esa misma noche, a aquel local donde la conocí. Si no la encontraba, le pediría referencias sobre ella al camarero que me sirvió las copas, que parecía conocerla como a una tertuliana asidua de ése establecimiento.

El asunto me afectó bastante y durante todo el día no conseguí concentrarme en el trabajo. No lograba olvidarme de aquella cara y de su manera brutal de hacer el amor. A pesar de todo, creo que estaba absolutamente poseído por sus encantos o "encoñado" de quien había sido mi propio verdugo. Me había enamorado como un idiota de una "choriza". Sentí una mezcla de rabia y vergüenza de mí mismo, y decidí archivar el asunto en el más absoluto de los secretos. Tenía que olvidarme a toda costa de ésa chica y seguir con mi vida de antes.

Cuando cayó la noche, mis férreos propósitos se desvanecieron en unos segundos, pues deseé ardientemente a aquella tía morena de ojos negros y aquel cuerpo terso, suave y moreno que olía tan maravillosamente. No lo pensé dos veces y me encaminé decidido hacia el local donde empezó todo apenas veinticuatro horas antes. Al doblar la esquina, el "Callejón de los Sueños" tenía un aspecto diferente al de la noche anterior. Estaba lleno de cubos de basura y los gatos, escuálidos y maullantes, eran los dueños de la calle que ahora olía muy mal. El brillo diabólico de los ojos de los gatos y una espesa bruma me hicieron recelar de aquel lugar. Hasta la luz de neón de la entrada del Pub Bohemian's parecía lucir con otra intensidad. En la puerta había aparcadas varias motos de gran cilindrada. Abrí con decisión la puerta del local y todo me pareció distinto de un día a otro. Aquello era un garito mugriento y de mala muerte, donde sonaba una música "havy metal" a gran volumen, estaba lleno de gente con una pinta más que sospechosa. A cualquier persona sensata le habría hecho deducir que lo más sensato era salir de allí lo antes posible, y por unos segundos pensé hacerlo, pero me pareció ver al fondo del local a la muchacha que buscaba. Era ella y estaba abrazada y besando a un tipo que tenía un aspecto impresentable. Además le estaba metiendo mano "por la cara", delante de todo el mundo. Era un tipo alto y desgarbado, de pelo largo, mugriento y poco aseado, que vestía con un atuendo entre rockero, punki y "chorizo".

Me acerqué desde el otro lado de la barra y a mi paso, se fue abriendo un pasillo hasta que me encontré frente a ellos. Parecía que todos allí aguardaban mi llegada. En esos momentos comprendí que me había metido en la boca del lobo. La chica, con una gran sonrisa, alzó su brazo y me mostró mi "rolex" de oro que colgaba de su mano.

-- ¿Vienes a por tu reloj o a ligarte otra vez a mi novia? --me gritó aquel tipo a la vez que se oía una carcajada general--.

En unos segundos me vi apretujado por toda aquella chusma. Intenté por todos los medios salir de allí pero ya era imposible. A los forcejeos le sucedieron algunos golpes. Caí al suelo y comencé a recibir patadas y puñetazos por todo el cuerpo. Sentí un golpe seco en el vientre y un fuerte dolor como si me mordieran el costado. Debí de perder el conocimiento pues me despertó la sirena de una ambulancia. Tenía mucho frío. Me llevaban tendido en la camilla con un collarín inmovilizándome la cabeza y me pareció que el vehículo iba a gran velocidad por las calles de la ciudad. Una mascarilla de oxígeno me oprimía la cara y sentía un fuerte dolor en la cabeza y en el vientre, por lo que sospeché que estaba malherido. Intenté mover los brazos pero los tenía atados a la camilla. Los dedos de las manos los tenía pegajosos. Tragué saliva y me pareció pastosa y dulce. Un tipo con un mono anaranjado, sentado junto a mí, me dijo con voz suave que estuviese tranquilo pues estábamos llegando al Hospital. En voz baja oí como le comentaba al compañero que estaba perdiendo mucha sangre y que tenía un golpe muy fuerte en la cabeza y una gran herida en el vientre. La sirena de la ambulancia se metió dentro de mi cabeza y todo comenzó a darme vueltas, como un torbellino que me arrastraba hacia dentro en una nebulosa gris. Los sonidos parecía oírlos cada vez más lejanos y resonaban en mi cabeza como ecos lejanos. Cada vez sentía el dolor con más crudeza y mucho frío. Me estaba quedando helado.

Creo que debí de perder el conocimiento, pues inexplicablemente, me vi cubierto por una bata blanca, caminando por un pasillo ancho, largo y muy iluminado. Ya no sentía ningún dolor, sólo frío y mucha sed. La voz de la muchacha desconocida sonaba al fondo del pasillo y llamaba a alguien por su nombre: ¡Alfredo... Alfredo... Alfredo...! . Comencé a correr y correr hacia el lugar donde yo creía que provenía la voz, pero nunca llegaba al final. Tenía la sensación de estar siempre en el mismo sitio, corriendo sobre una cinta sin fin, hasta caer extenuado de cansancio. Esta visión se repetía una y otra vez, y no sé cuanto tiempo estuve así.

Cuando desperté estaba todo en silencio. Aquella chica desconocida estaba sentada y adormilada junto a mi cama, lo cual me llenó de recelos y desconcierto. Yo tenía vendada la cabeza y estaba entubado. Una mascarilla me proporcionaba oxígeno. Observé que la chica tenía mi "Rolex" de oro entre sus manos y marcaba las cuatro menos cuarto. Deduje que debía de ser de madrugada, pues de lo contrario la chica no estaría dormida. Creo que estaba en una UVI, pues frente a mí en la penumbra, parecía haber otras camas con enfermos; oí como cerca de mí tosían y roncaban personas que estaban en las camas próximas. Pero... ¿qué diablos hacía yo allí?...Ya no estaba seguro de lo que me había pasado.

Aquella muchacha abrió sus grandes ojos negros y me obsequió con una gran sonrisa. Se acercó a mí cogiéndome la mano, y al ver que yo estaba despierto, me preguntó que cómo me encontraba. Sentí la necesidad de contestarle, de decirle que estaba bien, que no me dolía nada, y quería saber qué había pasado y por qué razón estaba yo en la UVI de un hospital, pero no podía hablar. Intenté hacerlo con todas mis fuerzas pero los músculos de la cara no me respondían. Sentí un fuerte mareo, la habitación me daba vueltas y debí perder de nuevo el conocimiento.

No sé si pasaron unas horas o varios días. Cuando desperté de nuevo, vi que estaba en una habitación del hospital y varias personas a mí alrededor. Aquella muchacha de la que me enamoré perdidamente estaba allí, a un metro de mi cama y me sonreía con una mirada muy tierna y amorosa. No entendía bien a qué se debía su presencia allí. También estaba el médico con unas enfermeras.

-- Alfredo, cariño ¿cómo estás?. Gracias a Dios que has despertado. Alfredo, amor mío... perdóname.

El médico le hizo una señal para que salieran todos de la habitación, mientras me reconocía. Con una pequeña linterna cilíndrica, me iluminó las pupilas de los ojos a la vez que me separaba los párpados con sus dedos. Después me preguntó sobre mi estado.

-- ¿Cómo se encuentra?, ¿recuerda lo que le pasó?.

-- No lo sé doctor --le contesté con alivio, al comprobar que ahora podía hablar--. Me duele un poco la cabeza y tengo algo de frío y sueño. Siento dolorida toda la cintura, por la zona de los riñones... no sé. La verdad es que no recuerdo nada. No sé quien soy. No recuerdo mi nombre ni nada de mí persona... Sólo creo haber visto antes a ésa mujer que usted ha mandado salir de la habitación.

-- Sí dígame lo que sepa de esa mujer tan guapa --me dijo el médico con una sonrisa--.

-- Pues la conocí ayer en fui un bar, mientras tomaba unas copas... o al menos eso creo. Ella me robó mi reloj y cuando a recuperarlo, sus amigos me atacaron y me produjeron éstas heridas. No sé siquiera ni su nombre, pero ella es la culpable de verme así como estoy.

-- ¿Alicia?...pero hombre, si ella es alguien muy cercano a usted... ¿Recuerda cual es su nombre y a qué se dedica? --me preguntó sorprendido el médico--.

-- No. No recuerdo nada. Ya se lo he dicho antes, doctor.

Pensé que el médico me estaba tomando el pelo, que seguía viviendo una pesadilla sin fin, y ya me sentía confundido sin entender nada.

-- Mire usted doctor --le dije de nuevo--, como verá no estoy para bromas. No me encuentro bien y estoy muy débil. Me han robado y he recibido una paliza de muerte, y todo por haberme llevado a la cama a ésa mujer. Así que haga el favor de dejarse de bromas.

El médico, un hombre de unos cincuenta años, de pelo blanco y cara agradable, soltó una carcajada y se mostró feliz y divertido por todo cuanto yo le decía, lo cual me proporcionaba todavía una mayor confusión.

-- Bien, entiendo --me respondió con cara seria--, al perecer el fuerte traumatismo que ha sufrido le ha producido un cuadro amnésico, que espero sea temporal. Debe usted saber que ha sufrido un grave accidente de motocicleta. Iba a mucha velocidad y su moto se salió en una curva. A pesar de llevar el casco integral, sufrió un fortísimo golpe en la cabeza que le rompió el casco. Está usted vivo de milagro... Como consecuencia tiene un traumatismo craneoencefálico con algunas lesiones bastantes graves en la cabeza, en el vientre y el costado. Al caer se golpeó contra las ramas de unos árboles que había junto a la carretera. También se ha fracturado un brazo y una pierna, además de varias contusiones por distintas partes del cuerpo. Ha sufrido un accidente muy grave. Lleva usted hospitalizado diez días, en estado de coma desde que entró en Urgencias. Creíamos que se nos iba. Le ha salvado, yo creo, su juventud, pues su organismo ha respondido muy bien en el postoperatorio. Le hemos tenido que someter a varias intervenciones quirúrgicas pues además de cuidar la fractura de cráneo que se ha producido, ha habido que extirparle el bazo que quedó destrozado. No se preocupe, pues aunque ya no tenga ese órgano, podrá seguir realizando sus funciones vitales con normalidad. Así que necesito que colabore lo más posible con nosotros para un restablecimiento rápido. Lo más probable es que lo haga sin dificultad. Respecto a ésa señora tan hermosa que ha salido de la habitación y que al parecer le suena un poco, ha de saber que es su mujer, Alicia Cosgaya. Usted se llama Alfredo Ramos Junquera, es periodista, trabaja como director en televisión y tiene tres hijos: Marta, de ocho años, Pedro, de seis y Alicia, de dos. Todos están ahí fuera esperando saber cómo se encuentra su padre. También ha venido su madre y dos de sus hermanas. Su mujer ha estado durante estos últimos días a su lado permanentemente, desde que despertó la primera vez. No ha parado de hablarle a pesar de su inconsciencia. No sé si su voz ha hecho que vuelva al mundo de los vivos. Según me ha contado su mujer, tuvo usted el accidente después de mantener una fuerte discusión con ella, salió a toda velocidad con la moto y le ocurrió el percance... Está muy débil y le conviene descansar así que haré que las visitas vuelvan en otro momento. Lo importante es que ha vuelto con nosotros, a la realidad, después de diez días viajando por Dios sabe donde.

El médico salió de la habitación y me quedé solo. No quería ver a nadie. No recordaba nada de mi vida y me sentía muy confundido; con qué cara iba a recibir a ésos niños o mirar a los ojos a esa chica, Alicia Cosgaya, mi mujer según el doctor... Ciertamente no me disgustaba la idea de tener por mujer a una chica tan guapa y tan excitante. Me di cuenta que todo lo vivido con ella había sido un mal sueño, una pesadilla. Pero me había enamorado locamente de ella en aquel sueño nocturno en el que estuve paseando por los pasillos de la antesala de la muerte. Deseé recuperar pronto la salud para estar junto a ella de nuevo, poder besarla y amarla, sin miedo a estar viviendo un mal sueño. Me preguntaba cuáles podían haber sido los motivos de aquella discusión que, según el médico, mantuve con mi mujer y que me empujó a salir como loco a la carretera. ¡Qué más da!, me dije a mí mismo,... si ahora soy un extraño y ella una desconocida. Me di cuenta, que de no recobrar la memoria, tendría que empezar una nueva vida junto a una mujer desconocida de la que me sentía enamorado.