domingo, 7 de marzo de 2010

LA MUJER QUE NUNCA EXISTIÓ

Faltaban diez minutos para las nueve de la mañana, y el taxi de Javier Villalón le dejaba en la estación del tren, con el tiempo justo para comprar un par de periódicos en el quiosco del andén, que en esos momentos se encontraba repleto de viajeros que, como él, esperaban embarcar hacia Madrid. Apenas había ojeado un par de páginas cuando dedujo que el AVE procedente de Sevilla hacía su entrada en la estación, pues la gente elevó el tono de sus conversaciones. Los altavoces del recinto alertaron a los viajeros que la entrada sería por la vía 2.

Javier Villalón detestaba tener que ir a Madrid con tanta frecuencia, pero su despacho de abogados había cogido tal prestigio que había instalado un bufete en Madrid para atender y asesorar fiscalmente a varios clientes importantes de la capital. Una o dos veces al mes tenía que hacer este viaje que le aburría sobremanera a pesar de viajar en Alta Velocidad.

Javier buscó el número de vagón que le marcaba su billete, mientras sostenía la gabardina y el maletín de trabajo en el otro brazo. Se introdujo en el vagón 8 y buscó el asiento 13. Comprobó que su compañero de viaje tenía cara de aburrimiento. Dio los buenos días y ocupó su plaza, aprestándose con avidez en la lectura de la prensa. Acababa de cumplir cuarenta y cinco años, y su aspecto era el de un verdadero ejecutivo agresivo, con sus finas lentes doradas que le daban un aire intelectual y atractivo. Con su traje de alpaca impecable, su camisa almidonada y la corbata de seda que Ana, su mujer, le había regalado por su cumpleaños, tenía un aspecto elegante y distinguido.

El vagón iba en silencio y cada viajero iba concentrado en sus cosas. Apenas habían transcurrido veinte minutos desde que el tren hizo su salida, una voz femenina y familiar rompió la concentración que Javier Villalón había alcanzado en la lectura del periódico.

-- Perdón señor. Buenos días... ¿Es usted quien yo creo...?

Javier Villalón, sin levantar aún la mirada del periódico, sintió una extraña sensación al oír el timbre y el tono de voz de la mujer que le hablaba. En milésimas de segundos su memoria se trasladó veinticinco años atrás, a la Universidad de Granada, y recordó la cara de una antigua novia catalana que a pesar de los años, aún no había olvidado. Alzó la vista y se encontró con un fantasma del pasado. La mujer por la que más había sufrido en la vida y a la que más apasionadamente quiso. Era Carmen Rosell... con más años y con un aspecto un tanto desaliñado. Ahora llevaba el cabello muy corto y su aspecto era muy distinto al de aquella chica de melena rubia ensortijada, de ojos verdes y de singular belleza que estudiaba Medicina, y por la que Javier Villalón perdió la cabeza, un curso de carrera y algunos kilos, cuando ella, un buen día, decidió cortar su noviazgo. Carmen era catalana, de Barcelona. Su padre era Registrador de la Propiedad con plaza, en aquellos años, en Linares, donde residía toda su familia. Carmen vino a vivir a Andalucía con dieciséis años, por lo que su educación catalana y sus aires de modernidad, fascinaron a Javier Villalón desde que la conoció una madrugada de diciembre en Granada, a principios de los años setenta, cuando ambos coincidieron huyendo de una carga policial desde la Plaza del Triunfo.

Eran aquellos unos tiempos románticos e idealistas. Ambos lucharon contra la dictadura por la libertad y la solidaridad. Los dos eran jóvenes y tenían una vida por delante. Se enamoraron desde el primer momento y vivieron tres años de noviazgo. Carmen tomó la iniciativa de la ruptura al sentirse oprimida por las ataduras de la pareja y prefirió la libertad al amor de Javier. Sus padres la educaron en un ambiente muy liberal y progresista, y esto propició la ruptura con Javier, cordobés de cuna tradicional y machista, aspectos que no pudo sacudirse ni con los aires libertarios y "progres" que respiró desde su llegada a la Universidad de Granada. Habían pasado cerca de veinticinco años desde la última vez que se vieron, y este encuentro fortuito iba a propiciar que los dos se volvieran a mirar en el espejo de sus vidas, para analizar su pasado.

-- ¡Dios mío, Carmen, no me lo puedo creer... pero... si eres tú!... ¿de dónde has salido?. Menuda sorpresa. Eres la última persona a la que yo hubiera esperado encontrarme algún día por ahí.

Javier Villalón se levantó del asiento y abrazó y besó varias veces a Carmen, como si de una resucitada se tratase. Algunos viajeros no pudieron resistir la curiosidad de mirar a aquellas dos personas que habían roto el silencio del vagón y que, al parecer, hacía tiempo que no se veían. En breves segundos se convirtieron en el centro de todas las miradas de los viajeros que ocupaban ese compartimento.

-- Te he visto en el andén --le dijo Carmen--, al subirte al tren; yo lo tomé en Sevilla. Al principio, pensé que era una equivocación, que no eras tú, pero he estado unos minutos observándote y no he podido reprimirme la tentación de saludarte. Tienes muy buen aspecto. Con las canas, el bigote y ese porte... pareces un ejecutivo. Me tienes que contar cómo te va. Seguro que muy bien, por la pinta que tienes. Sigues igual de guapo y atractivo que hace años. Pero, ¡venga!... cuéntame cómo te va la vida.

-- ¡ Claro, Carmen! --le respondió él un tanto aturdido por el encuentro--. ¿por qué no vamos a la cafetería y tomamos algo mientras hablamos?. Te perdí la pista cuando te casaste y te fuiste a vivir a Madrid ¿no?.

Carmen y Javier salieron del vagón hacia la cafetería, mientras que ambos se relataban de forma resumida cómo les había tratado la vida en estos años. Ella le contó su fracaso matrimonial y le adelantó que venía de Sevilla de enterrar a su madre que acababa de fallecer. Volvía a Madrid a coger el avión hacia Ruanda, donde se encontraba trabajando en un hospital de campaña con una Organización No Gubernamental, Médicos del Mundo, ayudando a los refugiados que huían de las matanzas tribales que allí se estaban produciendo. Llevaba ya tres años en Africa y parecía feliz con su trabajo.

-- ¡Vaya, mujer!, siento mucho la muerte de tu madre. Lo habrás pasado muy mal estos días. Estas cosas siempre nos duelen, a pesar de que nos ocurran ya mayores. Una madre es algo muy importante para cualquier persona, y el hueco que dejan los padres cuando se van no se puede ocupar con nada, a pesar de que tengas hijos o una familia que te pueda compensar su falta. Lo siento mucho... ya sabes que cuentas con mi ayuda para cualquier cosa, aunque estas cosas, lo sé por experiencia, por desgracia hay que pasarlas solo. De todas formas cuenta con el apoyo de un amigo sincero.
Javier le cogió suavemente una de sus manos a la vez que la miraba tiernamente a los ojos. Eran las únicas personas que estaban en el vagón-cafetería y se acomodaron al fondo de la estancia para que nadie les molestara.
-- Sigues siendo la mujer más guapa que he conocido... --le dijo Javier mirándola fijamente a la cara--. Me hiciste polvo ¿sabes?... Me costó mucho trabajo superar la calabaza que me diste. Perdí el curso e incluso enfermé. Estaba enamoradísimo de ti y cuando me dejaste, me obsesioné aún más contigo. En fin, son cosas que pasan. Me imagino que a todo el mundo le ocurren cosas de éstas, sobre todo en la época de juventud.

Carmen comenzó a sentirse molesta desde que Javier le cogiera sus manos. No aguantaba ya el contacto con ningún hombre. Quedó en silencio unos segundos con la mirada perdida a través de la ventanilla y secamente le contestó:

-- Perdóname Javier. Aquello ocurrió hace muchos años. Yo era muy joven y no sabía ni donde tenía la cara. Con esos años se hacen muchas tonterías, y yo cometí la equivocación de enamorarte como si se tratara de un juego. Hubiera dado mi vida por evitarte el sufrimiento, pero yo ya no sentía nada por ti... al menos eso creo ahora. La verdad es que en aquellos años estaba hecha un lío. Mejor dicho, he estado hecha un lío hasta no hace mucho, pues en estos últimos años es cuando he llegado a conocerme mejor.

-- Yo te perdoné pronto. Me ayudó mucho conocer a otras chicas. Ya sabes el refrán... la mancha de una mora con otra verde se quita. Sin embargo aún no te he olvidado. Como ya te he dicho, estoy felizmente casado y tengo tres hijos, pero a pesar de los años que han pasado siempre te he recordado como algo maravilloso que nunca pude alcanzar. Has sido en este tiempo protagonista de mis obsesiones y fantasías. Ese es el gran secreto de mi vida y ni siquiera Ana se ha dado cuenta de esto, pues has estado dentro de mí como aletargada y presente siempre. Pero ahora en estos momentos, soy muy dichoso ya que el destino ha vuelto a cruzar nuestros caminos, y quién sabe... tal vez nuestro encuentro sea el preludio para culminar lo que hace años no pudo ser.

Carmen estaba muy seria mirando por la ventanilla, mientras que Javier hablaba y hablaba. Tenía la mirada perdida en los paisajes por donde el tren pasaba veloz arrastrándose como una serpiente endemoniada. Se sentía incómoda por el tono que iba adquiriendo la conversación, pues estaba percibiendo una sensación rara y molesta, como si Javier Villalón pretendiese conquistarla y vivir una aventura amorosa con ella en Madrid aprovechando su viaje de negocios. De manera inesperada, Javier se inclinó ligeramente hacia ella y la besó suavemente en los labios. Ella lo apartó bruscamente y, sorprendida, lo miró a los ojos con el rostro crispado, pues no se esperaba que Javier actuara de aquella manera y menos en un lugar público.

-- ¿Qué haces, hombre?... ¡pero bueno!... ¿en qué estás pensando tú?. Por favor, compórtate Javier, no me faltes al respeto tan pronto.

-- ¡Discúlpame por favor, Carmen! --le contestó Javier Villalón--. Es que todavía hoy... todavía me gustas. Ya sé que me he comportado como un niño pero ha podido en mí más la atracción que aún siento por ti. Te prometo que no volverá a ocurrir.

-- No tienes arreglo, hijo. Mira, quiero que sepas algunas cosas de mi vida, a ver si definitivamente te abandonan de tu mente algunos fantasmas que al parecer están ahí instalados desde hace mucho tiempo. He hecho daño a mucha gente en estos años, entre ellos estás tú, pero a mis padres les di un gran disgusto cuando me separé de Ernesto. Vivíamos en Madrid, era cuando yo trabajaba en el Hospital de la Paz. Abandoné a mi marido por una mujer. Me fui a vivir con Pilar Antúnez, ¿te acuerdas de ella? ,...era mi compañera de piso cuando estudiábamos en Granada.

Javier Villalón puso cara de no recordarla. Habían pasado muchos años y se encontraba aturdido por el impacto que le había causado el relato de Carmen Rosell. De la euforia había pasado en segundos al abatimiento y al desconcierto, y en esos momentos le costaba la misma vida recordar cualquier cosa.

-- ¡Sí hombre, Pilar Antúnez!. Aquella compañera de piso que era de Almería... Estudiaba Filosofía y Letras. Ella se fue también a Madrid pues sacó oposiciones a cátedra y está en un Instituto de Moratalaz. Realmente siempre estuve enamorada de ella y ella de mí, pero nos dimos cuenta de eso no hace muchos años. A raíz de mi separación de Ernesto me instalé en su casa... y pasó lo que tenía que haber pasado unos años antes. Fui tan estúpida que no se me ocurrió otra cosa que airearlo a los cuatro vientos. Me encontraba feliz de estar enamorada de verdad. Nuestra relación, Javier, y espero que me perdones por lo que te voy a decir, sólo fue un experimento más al igual que la que tuve con Ernesto. Nunca habría funcionado ni contigo ni con él. Cuando mis padres se enteraron de mi relación con Pilar les di un disgusto de muerte... y a mi padre, para quien siempre fui su ojito derecho, aquello le costó una enfermedad. Murió al poco tiempo, no sé si como consecuencia del disgusto o por casualidades de la vida: su corazón se paró un buen día y murió. En aquellos años vivían en Sevilla, donde trasladó su plaza. Mi madre ha vivido allí durante estos años con mi hermana Adela y su marido. La enterramos hace dos días. A raíz de la muerte de mi padre tuve una grave crisis de identidad. Llegué a sentir asco de mí misma y repugnancia hacia cualquier tipo de sexo. Decidí un buen día, dejar todo y embarcarme con Médicos del Mundo a Africa. Pedí la excedencia en La Paz y llevo tres años dando tumbos por Africa ayudando a quien me necesita. No sé si es la penitencia que inconscientemente me he impuesto, pero la verdad es que así me siento bien y soy feliz ayudando a los demás. Creo que en Africa me he encontrado a mí misma y mi vida la he sublimado dándome a los demás. Así que espero no haber herido demasiado tu orgullo de hombre. Estas cosas pasan y no sabes exactamente por qué son así, pero ocurren. Además creo que me estoy haciendo mayor ¿sabes?... En fin, Javier, espero que seas comprensivo conmigo y puedas entender que a una persona le pueden pasar estas cosas, así que no me juzgues con severidad.

-- ¡Caray, Carmen!, me ha sorprendido tú historia. Nunca imaginé que te podrían gustar las mujeres... tenías tanto éxito entre los hombres y eres una mujer tan bella que eso es lo último que me podía imaginar de ti. Aunque no debes de preocuparte por los juicios que pueda hacer de ti, pues tu vida es tuya y de nadie más. Debes de saber que a mi edad tengo ya la mente abierta a cualquier cosa. Conforme han pasado los años para mí, además de más viejo, me siento más sabio, más tolerante, más comprensivo con todo el mundo y también más desengañado de la vida, de tal forma que es difícil que no te comprenda a ti a estas alturas. En todo caso, quiero que guardes bien esta tarjeta con mi dirección y mis teléfonos de Córdoba y Madrid, para que me llames siempre que me necesites. Soy tu amigo y quiero que no te olvides de mí, que cuentes conmigo para cualquier cosa en la que yo pueda ayudarte. Y por favor... discúlpame por lo de antes, ahora me siento ridículo y me avergüenzo de mí mismo.

-- No te preocupes hombre, ya está olvidado. Yo también te entiendo a ti. Eres un hombre como cualquier otro. Lo que siento de veras es que hayas tenido durante veinticinco años una imagen falsa de mí, pero es que no nos hemos visto desde entonces. Hubiera hecho cualquier cosa por evitarte sufrimientos. De veras.

Javier y Carmen quedaron en silencio. Ambos huyeron con sus miradas y sus pensamientos por la ventanillas del tren, y sólo Dios sabe qué ideas ocupaban en esos momentos sus mentes. A lo lejos, se divisaban poblados periféricos, de chabolas hacinadas junto a Madrid, surcados de cerca por las líneas sinuosas y serpenteantes de la autovía de Andalucía y sus enlaces con las poblaciones de la metrópoli. El tren estaba llegando a su destino. Por los altavoces interiores una voz femenina anunció en varios idiomas que en breves minutos el tren iba a hacer su entrada en la Estación de Atocha. Ambos volvieron de nuevo a su vagón a recoger sus pertenencias, y se prepararon con su equipaje de mano para bajar del tren en cuanto este se detuviese. El andén estaba lleno de gente que miraba atentamente la llegada del tren.

-- ¿Quieres que te acompañe en taxi a algún sitio, Carmen?

-- Gracias Javier, no te molestes pues me están esperando ahí fuera unos compañeros, médicos también, para irnos juntos a Barajas. Nuestro avión sale dentro de dos horas. Dáme un abrazo y perdóname. No te olvidaré nunca.

-- Te deseo que encuentres aquello que buscas y que seas siempre feliz.

-- Gracias Javier. Eso espero. Te deseo lo mismo para ti. Que seas muy feliz en tu vida.

Carmen contuvo como pudo sus lágrimas mientras abrazaba con fuerza a Javier. Sintió una fuerte opresión en su pecho, una mezcla de pena hacia sí misma, soledad y ternura. El tren se paró y Carmen se perdió en unos segundos entre el bullicio que en esos momentos prácticamente ocupaba el andén de Atocha. Javier tardó todavía unos segundos en bajar, pues su mirada se había quedado perdida y fija en ninguna parte. Se sentía aturdido, absorto y algo abatido. Comenzó a caminar lentamente en busca de la salida sorteando a la gente que, agolpada en los andenes, esperaban a los viajeros que junto a ellos acababan de llegar procedentes de Andalucía. Una vez en la calle subió a un taxi para dirigirse a su despacho.

-- Usted me dirá a donde le llevo --le dijo el taxista recostado en el volante--.

-- Sí, sí, perdone. A Cea Bermudez 33, por favor.

En silencio y abstraído en sus pensamientos iba observando el paisaje de las calles madrileñas, mientras la imagen de Carmen ocupaba por completo su mente. Pensó que durante veinticinco años había estado enamorado de una mujer que nunca existió. Que sus inmensos sufrimientos de juventud fueron en balde; y desengañado, comprendía con rabia y amargura el error en el que había estado viviendo durante tanto tiempo: más de media vida alimentando una falsa ilusión. En breves segundos dio un repaso a su vida, pensó en su mujer, Ana, una chica cordobesa de familia acomodada, que estos años le había dado tres hijos, estabilidad y una vida agradable y tranquila. Ana le había proporcionado el equilibrio que cualquier hombre, pasados los cuarenta, debe de tener para ser feliz, y la comparó con Carmen Rosell, cuya vida, ahora lo sabía, había sido un torbellino de contradicciones y sufrimientos. Javier Villalón se encontraba mal. Se sentía raro y ciertamente, un tanto deprimido. Como si le hubieran quitado de encima en unas horas un peso y una obsesión que le habían acompañado toda su vida desde que conoció a Carmen Rosell veinticinco años antes.