domingo, 7 de marzo de 2010

UN DOMINGO LLENO DE PREMONICIONES

Aquel domingo parecía que iba a transcurrir como otro cualquiera, pero ahora caigo en que hubo una serie de acontecimientos aislados, que a cualquier buen observador, le habría hecho deparar en que me iban a suceder una serie de cosas que cambiarían mi vida. Me levanté un poco más tarde que cualquier día laborable pero con el tiempo justo como para hacer un poco de deporte. Pasé la mañana en el Club de Golf echando una partida con algunos amigos, mientras mi mujer se quedó en casa trabajando en su nuevo libro. Reconozco que no soy demasiado bueno en esto de los palos pero se me dio bien en esta ocasión, además pude conversar con algunos de mis amigos sobre una noticia aparecida en las páginas de economía de algunos periódicos, referente a las presiones que mi empresa estaba recibiendo por parte de la Administración para equilibrar el resultado de unas auditorías externas que meses antes realicé yo personalmente, y el asunto me preocupó un poco pero no le quise dar más importancia.

Después de la partida me pasé por el Club Social donde me encontré a Esther Massip. Estaba mucho más mona desde que se divorció de Antonio. La vi muy alegre y algo desequilibrada. Iba vestida con un pantalón vaquero muy ajustado que le realzaba su figura, camiseta, una chaquetilla del mismo tono y unos tenis. Parecía como si le hubieran quitado diez años de encima en unos meses. En un momento de nuestra conversación me dijo que tenía ganas de liarse conmigo y que siempre le gusté. Ante esta confesión me quedé muy cortado, pues jamás se me había pasado por la cabeza tirarme a la exmujer de mi mejor amigo. Después, conforme fueron pasando los minutos, comencé a mirarla con otros ojos, me di cuenta de que Esther era una mujer muy hermosa y sentí deseos de poseerla, así que no pude eludir la tentación y nos fuimos por separado a su apartamento. Cuando llegué ella estaba ya allí esperándome. Se había cambiado de ropa y sólo llevaba encima una especie de bata de seda que la hacía aún más hermosa.

-- Estaba impaciente de tu llegada --me dijo Esther mientras me abrazaba y me besaba en la boca--. Hace tiempo que me apetecía hacer esto contigo.

-- Pues habría jurado que nunca reparaste en mí. Yo siempre pensé que estabas buenísima pero, ya ves... eras la mujer de Antonio y te tenía que respetar. Además, eres amiga de mi mujer, tanto que en una época erais inseparables. Si lo llego a saber antes te hubiera tirado los tejos hace años.

-- Calla!, ¡calla!... que me parece a mí que eres tan machista como Antonio. Ahí lo tienes ahora, más tirado que una tanga, solo como un condenado y pidiéndome volver. Quiere que le dé una nueva oportunidad.

-- ¿Y no se la vas a dar?.

-- No. Definitivamente no. Acuérdate que lo pillé en mi casa, en mi cama, tirándose a la criada y si fue capaz de hacer eso es capaz de hacerlo otra vez con la primera putita que recoja de la calle. Quien hace un cesto hace un ciento y con aquel escándalo ya estuvo bien. El asunto, no sé cómo, pero trascendió a la calle y yo quedé en ridículo ante mucha gente. No quiero más escándalos... amén de lo que le aguanté durante tanto tiempo. Porque ese episodio fue sólo la constatación de unas sospechas que comencé a tener pocos meses después de que nos casáramos. Además estoy desengañada y ya no lo amo. No hay nada que me una a él y estas cosas, cuando se acaban de esta manera, son para siempre. Detesto hasta sus aficiones, ya no lo aguanto. Estoy decepcionada de nuestra relación y desde que lo dejamos me siento liberada y bien conmigo misma. En un principio, pensé que iba a ser muy desgraciada, pero con el paso del tiempo, cada día que pasa soy más feliz habiendo recuperado mi libertad. No sé si me llegas a comprender. Es como si hubiera estado durante diez años viviendo empecinadamente en un error sin darme cuenta, porque lo nuestro fue un tremendo error, lo fue desde el principio, lo que pasa es que no lo quisimos reconocer durante estos años. Aunque no lo parezca... tengo las cosas muy claras. Además..., Antonio no funciona bien en la cama... ¿me entiendes?.

-- ¿Que Antonio es impotente?.

-- No, hijo. Antonio es estéril. Sus espermatozoides están muertos y por eso jamás me he quedado preñada. Y yo, estúpida de mí, me he pasado todos estos años con complejo de culpa, creyendo que la responsable de que no pudiéramos tener hijos era yo, hasta que pocos meses antes de que decidiéramos separarnos, a Antonio le dio la gana al fin de hacerse unas pruebas, y se confirmó que era él quien no servía. Además es de los que llegan y ¡zas!, suelta lo que tiene que soltar y yo a verlas venir. Estaba hasta las narices de aguantar su "eyaculatio precox". Ya sé que es tu amigo y no te gusta que te hable de él así, pero es muy triste reconocer que a los treinta y cinco años he descubierto el placer inmenso que es hacer el amor como Dios manda con un hombre... y que Dios me perdone. Estoy dispuesta a recuperar todo el tiempo que he perdido con el plasta ese.


Tras aquella confesión de Esther llegué a sentirme raro. Quien diría que Antonio... con lo que siempre presumía de su falo cuando estábamos en la Universidad, y resulta que es un petardo en la cama. Por otra parte, al hacerme Esther aquellas confidencias sobre él, me sentí como si fuera a presentarme a un examen final y ella fuera el tribunal. ¿Y si yo también la decepcionaba en la cama?... la verdad es que me puso en un compromiso. Me dejé llevar por ella e intenté conservar la cabeza fría. Esther me condujo hasta su habitación, allí nos desnudamos e hicimos el amor durante un buen rato. A pesar de sus treinta y cinco años se conservaba como una veinteañera. Era delgada, de pechos grandes, caderas anchas y cintura de avispa, con media melenita rubia y ojos azules. En la cama se comportó como una leona insaciable, y me enceló de tal forma que lo hicimos varias veces sin tomar ninguna precaución. Me quedé tendido en la cama mientras que ella se enfundaba un pantalón vaquero ajustadísimo y se arreglaba el pelo frente al espejo de su dormitorio. Se había mudado a este nuevo apartamento hacía poco tiempo. Tanto Antonio, abogado de éxito, como Esther, hija de padres ricos, tenían ambos una posición económica más que desahogada. Esther además, era la propietaria de una galería de arte en pleno centro de Barcelona, ocupación con la que mataba la mayor parte de su tiempo. Ella era Licenciada en Historia del Arte, y estaba muy relacionada con este mundo desde hacía muchos años. Realmente era una mujer muy atractiva. Durante unos minutos quedé en silencio mirando cómo se cepillaba sus cabellos rubios. Me gustaba observar sus movimientos de mujer, cómo se maquillaba ligeramente y se retocaba los labios con el lápiz. A través del espejo me vio que no le perdía ojo y me dio la sensación de que le gustaba sentirse observada por mí, pues esbozó una leve sonrisa y me metió prisa para que me fuera de allí.

-- Date prisa, Vicente, si no quieres que tu mujer empiece a preocuparse. Por cierto, salúdala de mi parte... dile lo que te parezca de mí... que ya la llamaré un día de estos para irnos juntas de compras o cualquier cosa. Te llamaré al trabajo cuando menos lo esperes. He disfrutado muchísimo contigo, espero que se repita... ¿no?.

-- Estoy preocupado. Hemos hecho el amor sin preservativo y sin tomar ninguna precaución. ¿Eres consciente de que has podido quedarte embarazada de mí?... Estamos locos, Esther. No sé si ha sido buena idea que nos hayamos acostado. No sé...

Esther soltó una fuerte carcajada y durante unos minutos parecía como poseída por la risa. Paseaba de un lado a otro de la habitación mientras se arreglaba y cada vez que pasaba cerca de mí me miraba y se partía de risa. Era evidente que se estaba burlando de mí. Debió verme la cara de pocos amigos que le puse y se decidió a hablar.

-- Mira, no sería mala idea tener un hijo tuyo... al fin y al cabo soy la madrina de tus dos hijos y todo iba a quedar en familia. Además me gusta mucho la carita que sacan todos tus hijos y me gustas tú. No me importaría tener un hijo tuyo... pero no te preocupes hombre, estoy tomando anticonceptivos. Bueno venga, vete ya, que vas a llegar tarde a casa y no quiero que por mi culpa te divorcies de Sofía.

-- ¿He aprobado el examen? --le pregunté antes de marcharme--.

-- Con matrícula de honor... anda vete, vanidoso.

Nos besamos y la dejé tras la puerta. Mientras cogía el ascensor comencé a tener remordimientos de conciencia. Le había sido infiel a mi mujer, precisamente con una buena amiga suya que se había vuelto descarada y muy liberada. Pensé en no volver a verla jamás. La verdad es que una mujer en su estado, recién separada, no debía de tener nada claras las cosas, a pesar de lo que me había dicho minutos antes. Ella además, se encontraba muy sola, pues después de diez años de matrimonio no lograron tener hijos y esa fue la causa principal, de su conflicto y posterior divorcio con Antonio. La relación entre ambos se fue deteriorando poco a poco, hasta que Antonio le faltó al respeto con la chica de la limpieza. Antonio siempre tan prosaico... ya podía habérselo montado de otra manera. En fin... quien era yo a la postre para juzgarlo --me dije a mí mismo--, si acabo de tirarme a su exmujer, o mejor dicho... ha sido ella quien me llevó sibilinamente a la cama a mí. Volviendo a casa me hice el propósito eterno de no volver a caer en semejante tentación. Me sentí como un auténtico canalla. Mi matrimonio con Sofía va muy bien. Tenemos dos hijos y nuestra vida está muy equilibrada afectivamente, yo soy feliz junto a ella y lo que acabo de hacer, no tiene ninguna explicación. La carne es débil --me dije a mí mismo a modo de disculpa-- y como me siga viendo con esta mujer me voy a buscar una ruina. Al salir de su apartamento empecé a darle vueltas a la cabeza y me hice algunas preguntas: ¿qué pensaría mi amigo Antonio de mí si supiese el lío que me traigo con su exmujer?... estamos todos locos, pensé a media voz mientras entraba en casa.

-- Hola cariño, llegas un poco tarde... ¿qué te ha ocurrido? --me dijo Sofía nada más entrar --.
-- Nada... que me encontré en el Club de Golf con Esther Massip, estuvimos charlando un rato y me he entretenido. Voy a ducharme que no he podido hacerlo en el Club.

Tuve la necesidad imperiosa de ducharme para borrar cualquier huella. Las mujeres tienen un sexto sentido y pueden oler a otra mujer de lejos. Tras la ducha bajé rápidamente al comedor. Mientras le ayudaba a poner la mesa, Sofía alzó la mirada y clavó sus ojos en mí a la vez que me preguntaba por ella en un tono poco cotidiano, que a mí me sonó a reproche y a celos. Ambas se conocían muy bien y compartían muchos secretos. Llegaron a ser muy buenas amigas hasta que Esther se divorció de Antonio, desde entonces su amistad se fue enfriando mútuamente y hacía algunos meses que no se veían.
-- ¿Cómo está?... ¿qué te ha contado?.
-- Pues la he visto... bien. Animada y muy guapa. Parece que va saliendo del bache y su negocio le va muy bien. Me ha dado recuerdos para ti y dice que te llamará cualquier tarde para salir de compras juntas, y contarte muchas cosas.

-- Seguro que no me llama. Esa está hecha una descastada. Ahora como está soltera no quiere ya nada conmigo. Creo que le ha entrado complejo de jovencita y me han dicho que anda por ahí de juerga en juerga, devorando hombres. Quién lo diría... con lo estrecha que era de soltera.

-- No mujer, --le respondí muy serio sin levantar la mirada del plato--, hay que comprender su situación actual que no es nada fácil para una mujer de su edad. Lo debe de estar pasando mal. Yo creo que está un tanto desequilibrada y que, aunque no lo parezca, está sufriendo lo suyo. Ten en cuenta que una mujer con treinta y cinco años, sin hijos y divorciada, lo tiene muy crudo. Romper con una relación siempre es traumático para cualquier persona por muy fuerte y optimista que sea, y Esther, a pesar de lo que tú digas, debe de sentirse muy sola y con un sentimiento de fracaso.

Sofía volvió a mirarme con cara extraña, por lo que creí que lo más conveniente en esos momentos era cambiar radicalmente de tema. A partir de ahí, cerré la boca y sólo hablé lo imprescindible, diálogos domésticos: esta ensalada está muy buena, estoy muy cansado hoy, he andado mucho mientras que jugaba al golf, la niña tiene que comer más, pues sólo piensa en jugar... todo con absoluta normalidad como para olvidar el tema de Esther y pasar página rápidamente.
Tras la comida del mediodía, me quedé un largo rato en el jardín junto a mi mujer y a mi hijo pequeño hablando de nuestras cosas. Mi mujer andaba muy concentrada en los últimos días preparando la edición de su última novela. Ella, al igual que Esther, había estudiado Historia del Arte pero nunca ejerció, sin embargo desde siempre tuvo inquietudes literarias y una vocación de escritora que ahora comparte sabiamente, con sus deberes de madre, esposa y ama de casa. En realidad siento por ella auténtica devoción, y una gran consideración como mujer y como persona. Es una mujer muy inteligente y culta que en menos de cuatro años ha publicado dos novelas, todas con gran éxito y ahora está terminando la tercera, que según me ha dicho es más intimista y menos comercial. Sus escritos siempre han girado en torno a la mujer, a sus problemas históricos, el feminismo, la maternidad, la igualdad con los hombres... en fin, que estoy casado con una mujer que no me la merezco y aunque físicamente no es tan mona como Esther, es tan femenina, inteligente, atractiva y simpática, que la vida junto a ella es apasionante y muy entretenida. Por eso lo que había hecho aquella mañana me parecía injusto.

A media tarde, me recogí en mi despacho para terminar algunos trabajos pendientes que aún tenía de la semana anterior, mientras iba escuchando los resultados de los partidos de fútbol. Me encontraba muy mal de ánimos y no sé si mi mujer sospechó algo cuando le dije que me había encontrado a Esther en el Club de Golf... creo que no, aunque... quien sabe. Las mujeres se cuentan entre sí todo y no me extrañaría que Esther, con lo descarada que siempre ha sido, le hubiese dicho a mi mujer en alguna ocasión que yo le gustaba, que algún día tenía que acostarse conmigo o algo así... Las mujeres son muy complicadas. Cada día las entiendo menos y me gustan más.

En la intimidad de mi despacho, no dejaba de darle vueltas a lo que había hecho por la mañana con Esther. Había roto un pacto sagrado con mi mujer y me sentía fatal. Tal vez, mi mal humor y mi decaída de ánimo se debían a que era domingo por la tarde. Odio los domingos por la tarde. Son los días de la semana en que me encuentro peor de ánimos: no sé... es como si tuviera el "síndrome dominical", una mezcla de mal humor, angustia vital, desesperanza y miedo porque el fin de semana se acaba, junto a un acojonamiento por lo que al día siguiente me pueda encontrar en el trabajo. Un buen amigo de la Facultad me dijo en cierta ocasión que ese “síndrome dominical” fue puesto de manifiesto hace muchos años por los existencialistas franceses. De otro lado. los lunes son difíciles de empezar y acabar, y siempre les he tenido pánico.

Bien entrada la tarde, Sofía me pidió ayuda para bañar a los niños y darles de cenar. Subí a la habitación de nuestra hija Nieves, la saqué del baño y comencé a prepararla para la cena. Me gusta hablar con ella de sus cosas y de su mundo. Para mí es como volver un poco a ser de nuevo un niño junto a ella y recuperar por unos minutos, el "paraíso perdido", mi infancia ya pasada, la etapa en la que tal vez he sido más feliz de toda mi vida. Cuando era un niño encontraba en cualquier juguete una magia maravillosa. Como cualquier niño, alucinaba el día de Reyes Magos y despertaba en la cama rodeado de juguetes fantásticos. Recuerdo el olor de los materiales plásticos y metálicos con que estaban hechos y me resultaba algo fascinante. Las personas cuando nos hacemos mayores nos volvemos más aburridos, la magia desaparece y sólo pensamos en el sexo y el dinero, y aunque ambas cosas no están mal, lo cierto es que ya no tienen la fascinación y el encanto que yo encontraba en cualquier cosa cuando era pequeño. Por eso, me gustaba meterme en el mundo infantil de mi hija, hablar con ella de sus pequeñas cosas y de sus inquietudes. Casi todas las noches hago la misma operación, bañar a la niña, secarla, ponerle el pijama y darle la cena. Mi hija es una niña muy especial, inteligente, sensible y con una capacidad sorprendente para razonar. Cuando la saqué del baño, nos quedamos un momento en silencio. La estaba secando con la toalla y sin venir a cuento, la niña me dijo cosas que me dejaron muy sorprendido.

-- Papá... ¿tú quieres mucho a mamá?.

-- Pues claro hija... por eso nos casamos y te tuvimos a ti y al hermanito, porque nos queremos mucho.

-- ¿Me prometes que nunca vas a dejarnos a mamá, al niño y a mí por otra mujer aunque ésa te guste más que mamá?.
-- Te lo prometo preciosa. Nunca os dejaré. Siempre estaré a vuestro lado. Además, no hay otra mujer más guapa que mamá.

-- Papá...

-- Qué...

-- Si te despiden de tú trabajo te vas a aburrir mucho todas las mañanas aquí en casa con mamá ¿no?.


La niña se quedó tan fresca después de decirme aquello y yo me quedé como paralizado. Ella me miró muy seria y me preguntó si me ocurría algo. No le contesté pero efectivamente me ocurría. ¿Cómo una niña de seis años podía pensar aquellas cosas?, ¿por qué razón un domingo de noviembre, a las ocho de la tarde, a una niña de seis años se le había ocurrido pensar que me iban a despedir de mi empresa o insinuar que yo podía dejar a su madre por otra mujer?... las cosas que se le pueden ocurrir a los niños --pensé yo--, y no le di más importancia a este hecho.

Apenas había pasado media hora, ya me había olvidado del asunto. Tras la cena, aún tuve tiempo de ver un poco de televisión y leer un rato. Aquella noche me costó trabajo conciliar el sueño, me sentía nervioso y algo angustiado. Al final me quedé dormido y tuve un sueño de lo más extraño: yo me veía a mí mismo tendido boca arriba, desnudo e inmóvil, sobre una carretilla de madera, tirada a la par, como una yunta, por Sofía y Esther, que me llevaban por un camino angosto y estrecho en un bosque de árboles, lleno de bruma y ramas secas. Delante iban los niños jugando y saltando como si tal cosa. Sofía y Esther iban descalzas y sucias, vestidas con unos viejos harapos de color marrón, y cuchicheaban entre sí, daban después unas horrendas carcajadas y me miraban. Yo estaba detrás dándome cuenta de todo cuanto acontecía, tendido en la carretilla, como muerto, desnudo e inmóvil sin poder articular palabra por más que me hubiera gustado preguntarles sobre el motivo de sus risas. Ellas seguían cuchicheando una y otra vez y yo no lograba oír lo que hablaban. Fue un sueño terrible que, a pesar de tener una trama tan corta, me pareció que transcurría durante horas, a lo largo de toda la noche, hasta que me desperté sudoroso dando gritos de desesperación, con los que casi mato del susto a mi mujer que estaba plácidamente dormida a mi lado. Miré el reloj creyendo que ya estaría amaneciendo, pero sólo habían transcurrido un par de horas.

A pesar de haber pasado una noche inquieta, me levanté al día siguiente descansado y optimista, con ganas de ir al trabajo. Me encontraba bien, incluso pensé en Esther y en lo buenísima que estaba aunque me había comprometido a no volver a verla. Cuando entré en mi despacho todo parecía normal. Bueno, se me olvidó decir que me llamo Vicente Vendrell, soy economista y trabajo para una multinacional dedicada a hacer auditorias a grandes empresas. Precisamente habíamos tenido en las últimas semanas fuertes presiones de la Administración Central para orientar algunos resultados en nuestro último trabajo. Por supuesto que yo no cedí a aquellas presiones y cumplí honradamente con mi deber, aunque aquello me costó algunas discusiones con mi superior. El asunto ya había trascendido a la prensa, seguramente por una filtración provocada desde el interior de la empresa por algún desaprensivo, no sé con qué oscuro interés.

Aquel lunes por la mañana todo parecía normal, excepto que cuando llegué a mi despacho no estaba mi secretaria. Me senté a la mesa y conecté el ordenador. A los pocos segundos comenzó a sonar la alarma del "correo electrónico". Me puse a los teclados y me introduje en la "mensajería": "Buenos días señor Vendrell --decía el mensaje--, le ruego se pase urgentemente por el despacho del Director de Personal para tratar un asunto de importancia. Gracias".

Un mal presentimiento pasó por mi mente. Bajé al departamento de Personal y había una gran tranquilidad.

-- Buenos días señor Vendrell --me dijo la secretaria--, el director le está esperando.

El señor Busquet estaba terminando de firmar algunos documentos sobre su escritorio. Se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa a la vez que me invitaba a sentarme. Estaba muy serio y tardó unos segundos en comenzar a hablar. ¿Qué pasa?, me pregunté yo con inquietud. Por fin levantó la vista a la vez que cruzaba los dedos de ambas manos, y con cara de circunstancias me dijo que lamentaba mucho tener que informarme de un asunto un tanto desagradable.

-- Bien sabe Dios, señor Vendrell --me vino a decir--, que estoy en contra de estos métodos, pero la empresa se ve en estos momentos en la necesidad de prescindir de sus servicios. El Consejo de Administración se reunió ayer mismo por la tarde con carácter de urgencia y acordó prescindir de usted por ahora. Tal vez más adelante... en fin, espero que se hará cargo de la situación".

Me quedé aturdido y sin habla al oír sus palabras, pues no me esperaba algo así. ¡Cómo eran capaces de ponerme en la calle a mí, que era el auditor con más experiencia y preparación de toda la empresa!. Seguro que me creyeron responsable de las filtraciones habidas en los medios de comunicación. En aquellos momentos sentí ganas de matar a aquel hombrecillo delgado, de voz aguda, calvo y con gafas que tenía delante de mis narices. Lo miré con desprecio e ira mientras me levantaba de la silla y salí del despacho sin despedirme siquiera, dando un fuerte portazo. Después me dirigí a mi despacho para recoger mis cosas, hacer algunas llamadas y marcharme a casa. Mientras subía en el ascensor me acordé de mi hija y del sentido premonitorio que al parecer poseía, lo que me hizo sentir una mayor congoja aún. Al entrar ya estaba allí Brígida, mi secretaria, que con una sonrisa forzada me dio cuenta de las llamadas que había tenido mientras estuve fuera.

-- Buenos días don Vicente, ha tenido usted dos llamadas. A primera hora llamó su mujer pero no quiso dejarme ningún recado, sólo dejó dicho que usted la llamase cuando pudiera. También le ha telefoneado una señorita... una tal Esther Massip. Desea que usted la llame con urgencia. Estaba muy nerviosa... tanto que después de colgar el teléfono me he quedado un poco preocupada... ¿Quiere que le traiga un café?.

Durante unos minutos permanecí en silencio sentado en mi mesa, con la mirada fija en un portarretratos que tenía sobre la mesa con las fotos de mi mujer y mis hijos. Estaba aturdido y absorto en mis pensamientos. Las imágenes de mi hija se me mezclaban con las del director de personal y con las de Sofía y Esther. El ruido del tráfico de la calle y las pisadas, de ir y venir de las secretarias del despacho de al lado, me devolvieron a la realidad. En aquellos segundos me vi atrapado y solo. Una fuerte angustia vital me invadió el ánimo, y me sentí muy desgraciado. Comprendí que había sido víctima de una conspiración. Estaba claro, mi rectitud y profesionalidad me habían convertido en un inconveniente, en una molestia para mi propia empresa. La impotencia y la rabia se apoderaron de mí y pensé en denunciar el caso a los periódicos, pero tenía miedo y estaba inseguro. En aquellos momentos sentí el impulso de largarme cuanto antes de allí y contarle todo a alguien. Descolgué el teléfono y marqué muy despacio el teléfono de mi casa.

-- Eres tú, Sofía?... voy para allá, tengo que verte y contarte algo muy gordo que me ha ocurrido. No te preocupes mujer, estoy bien. Hasta ahora cariño.


Ya en la calle sentí como el aire refrescaba mi cara y comencé a caminar como un autómata hacia donde tenía aparcado el coche. En aquellos momentos me sentía como un imbécil pues tenía la sensación de que se había acabado el mundo. Hasta que comprendí que lo único que había ocurrido es que me había quedado temporalmente sin trabajo y que ya encontraría otro en cualquier otra empresa. Pensé en mis hijos y en mi mujer y me reconfortó bastante darme cuenta de que aún era joven y que tenía una familia preciosa y una vida muy larga por delante que tenía que aprovechar al máximo. ¡Al carajo las preocupaciones y la depresión! me dije a mí mismo. Que no hay mal que por bien no venga. Me hacía falta unas vacaciones. Ya encontraré otro trabajo. En pocos segundos comencé a sentirme mejor. Puse una buena música en la radio del coche y salí del aparcamiento rápidamente camino de casa.