domingo, 7 de marzo de 2010

LA BUENA SAMARITANA

A punto de cumplir los treinta y dos años conocí el dolor inconsolable que en las personas nos deja el golpe seco, contundente e inapelable de la muerte de un ser querido. La enfermedad y la muerte llegan hasta nosotros de manera traicionera, y sin avisar embadurnan tu vida de sufrimiento a tu pesar, hasta que el tiempo reseca y hace desaparecer ese olor que se mete en nuestros hogares apoderándose de las agujas del reloj, del silencio y de nuestra soledad. Hace ya casi siete años que enterré a Teresa y me quedé solo. Aún viven mis padres y hermanas, pero su cariño y comprensión no lograron llenar en un principio el vacío que me dejó Teresa: era mi mujer, llevábamos dos años casados y se fue antes de que pudiéramos tener hijos. Un cáncer inesperado se la llevó en unos meses y aún hoy cuando ya han pasado casi siete años, no hay día que pase sin que tenga un recuerdo para ella. Durante los primeros meses procuré refugiarme en mi trabajo y en la soledad para salir de ese bache que me deparó la vida, pero no veía la luz al final del túnel en el que me encontraba, ni estoy seguro aún de verla en estos momentos, aunque la situación actual es bastante diferente a la de aquellos primeros meses en que me quedé solo. En aquella época pasaba la mayor parte de las horas del día encerrado en la casa donde Teresa y yo sólo pudimos comenzar a vivir juntos. Me rodeaba de sus cosas, olía sus vestidos y acariciaba sus objetos personales con el afán fetichista de recuperar en vano algún atisbo de su vida que me hiciera recordar los buenos ratos que pasamos juntos. Fueron unas semanas de desgarro interior y amargura. Todo era inútil y tuve que resignarme y asumir pronto que era un viudo joven y que no podía seguir sintiendo lástima de mí mismo por más tiempo. La muerte de Teresa me rompió por dentro y rompió muchas de mis creencias y actitudes vitales con las que había crecido y convivido durante todos los años de mi vida.

Teresa fue mi novia de toda la vida y ella representaba para mí la personificación de "la mujer", por lo que su desaparición me trajo algunos problemas conceptuales sobre la mujer que me dejaron descolocado: tuve que reinventarme un nuevo concepto de mujer ideal, o dicho de otra forma, comencé a ver a las mujeres de otra manera, tal vez más lasciva y libidinosa. Me enfrentaba ante una asignatura que creía aprobada: la mujer, pero comprobé entonces que no era así.

En aquellos días inmediatos a mi viudez, percibí cómo las personas de mi entorno me miraban con pena y su trato tenía un tinte maternal que me hacía sentir molesto conmigo mismo y con los demás. Mi vida era un círculo vicioso: de casa al trabajo y del trabajo a casa. La mayor parte del tiempo lo pasaba en casa, leyendo, oyendo música o sentado en un sillón pensando en Teresa. A veces, como ya he dicho, revolvía su ropa, la tocaba, la acariciaba y la olía... y de una manera enfermiza todo en aquella casa me conducía a ella, a Teresa, un día y otro y otro... y no lograba salir de aquel pozo sin fondo.
A los pocos meses exploté y decidí imprimir un cambio radical en mi vida a costa de lo que fuese, aunque sabía de antemano que aquel propósito iba a ser duro y difícil, pues tendría que ir a contra corriente de mis propias creencias. Comencé por cambiar mi aspecto externo. Siempre muy clásico, vestido bajo los cánones estéticos de mi mujer, introduje en mi indumentaria las prendas vaqueras y un toque juvenil de desenfado sin perder de vista la elegancia. Vendí el piso donde comenzamos a compartir la vida, pues allí siempre era presa de los recuerdos, y terminaba dominado por el pasado. Algunos fines de semana salía con mis amigos de siempre que se esforzaban para que lo pasara bien, pero me sentía muy mal. Ellos se afanaban en persentarme chicas a ver si me animaba con alguna, pero yo había olvidado la más mínima técnica de seducción de una mujer, me sentía bloqueado y en determinados momentos el cuerpo me pedía echarme a llorar en brazos de la primera que me prestará un poco de atención. En mi soledad aún seguía llorando mi mala suerte y la ausencia de Teresa.

En aquellos momentos pensé que me vendría bien una experiencia sexual, algo fuerte que rompiera mi rutina y me abriera los ojos a la normalidad, y lo más idóneo podría ser ir a visitar un prostíbulo, lo que vulgarmente se dice, ir de putas. Para ello consulté las ofertas que venían en los anuncios por palabras de los periódicos: "señoritas seleccionadas. 24 horas; universitaria, rubia escultural, teléfono...; bellísima caribeña, completísima, teléfono...; orgasmos extremos con vírgenes...; enfermera, caliente... pequeña y viciosa, ¡ llámame, no te arrepentirás !...; exótica y bellísima oriental, una nueva experiencia...", y así había miles de ofertas y cuantas más leía más miedo sentía desde el fondo de mi ser. Era descolgar el teléfono y me ponía a temblar como un condenado. No pude hacerlo y me olvidé durante un tiempo de aquello.

Visité por primera vez un prostíbulo pocos meses después, un día del mes de noviembre en que, por motivos de trabajo, regresaba de Madrid en coche por la autovía de Andalucía y desde entonces no he vuelto a hacerlo jamás, no porque no me gustara la experiencia sino porque nunca más sentí esa necesidad. Había acudido a Madrid a una convención de jóvenes diseñadores publicitarios, donde conocí las últimas tendencias europeas publicitarias en soporte audiovisual. Yo tenía mi propia empresa, una agencia moderna de diseño y publicidad, con la que me ganaba más que bien la vida. Precisamente en este viaje, una compañera, una chica de León se me insinuó un par de veces... vamos que le gusté... y no supe o no quise ligar con ella. Lo cierto es que fui incapaz de entablar una conversación adecuada y razonable con ella, me quedaba absolutamente bloqueado. Sentía pánico ante cualquier mujer que me gustara. No obstante este asunto me excitó un poco y me hizo despertar del letargo sexual en el que me encontraba.

Fue a la altura de Andújar, quiero recordar, donde unas luces de neón me hicieron frenar y parar en un establecimiento de copas llamado "Paradise". Era el típico "garito de putas" de cualquier carretera de este país, rodeado de luces rojas, verdes, azules y amarillas en torno a la fachada exterior. Sentí miedo pero me armé de valor y entré en el interior. Allí el ambiente era muy tranquilo, no había aún demasiada gente y todo estaba casi en penumbra. Pedí en la barra una tónica y al momento se me acercó sigilosamente una chica, algo más baja que yo. Era guapa, de pelo castaño largo y ensortijado, labios grandes y carnosos. Tenía los ojos verdes y su cara era redonda con unas facciones muy bellas y un cuerpo precioso. Debo de reconocer que así... de primeras, me gustó mucho y sentí mucho miedo y deseos de poseerla. Eso ocurrió minutos más tarde, que como un perrillo callejero me fui tras ella a unos reservados, después de que me dijera lo que me iba a cobrar.
Dicen algunos puteros que conozco que el hecho de ir de putas tiene para ellos una excitación y un morbo especial que no tiene el ir de ligue, ya que tú eliges entre varias mujeres desconocidas y te dices a ti mismo: "a ti te hecho yo un polvo ahora mismo" y vas y ¡zas! a los pocos minutos lo haces ¿no?. Son además gente que siente verdadera afición por esto. Bueno, pues eso a mí no me ocurrió ya que aquella chica que ejercía la prostitución en un "puticlub" de carretera cercano a Andújar fue ella la que me eligió, y por tanto no he logrado aún sentir esa excitación y morbo que algunos dicen sentir ante experiencias de este tipo.
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Me hizo subir por unas escaleras en penumbra hasta el piso de arriba, donde estaban los reservados a lo largo de un pasillo. Era una construcción nueva y la habitación, aunque pequeña, tenía bidé y lavabo, una cama normal con su mesilla de noche y su armario de madera muy convencional, era su habitación en aquel antro. La chica era de Cádiz, según me contó, se llamaba Mariana y entre otras habilidades tenía la de ser muy habladora, aspecto muy interesante ya que consiguió que venciera mi timidez y mi miedo. Una vez solos en aquella habitación con aquella chica tan comunicativa comencé a sentirme seguro. Se desnudó rápidamente y mientras yo hacía lo propio ella se sentó en el bidé y comenzó a lavarse el coño. Me hizo gracia el desparpajo con el que se lavaba sus partes, en una postura un tanto prosaica, pues no conocía las costumbres que se practican en una casa de citas. Era normal que lo hiciese pero yo la acababa de conocer y jamás había pasado por una experiencia similar. Hacía tiempo que no veía a una mujer desnuda y me gustó mirarla, estaba muy bien hecha.

-- No me mires con esa cara, hijo. Es la primera vez que vienes a un sitio así ¿no?... Me estoy lavando para no transmitirte ninguna enfermedad venérea, ni el Sida ni nada, ¿sabes?. Y ahora después te voy a lavar yo a ti --me dijo la chica cariñosamente--.

Yo sólo pude contestarle : "¡Ah!... bien. Gracias...", y me senté en la cama desnudo esperando que ella se secase con la toalla. Mientras lo hacía comenzó a contarme su vida. Me dijo que tenía una hija pequeña de tres años, y que abandonó a su marido porque le pegaba unas palizas de muerte. Eso se lo dirás a todos, pensé yo en mi interior.Pero no sé... ella parecía tan franca o tenía tanto arte para contarme su historia que quise creerla. Miré el reloj, eran las cinco menos cuarto de la tarde. Me dijo que su familia era muy humilde: su padre era pescador y estaba enfermo y su madre ama de casa y se ganaba la vida fregando suelos y escaleras del vecindario. La muchacha me dijo que se ganaba la vida de esta manera para ayudarlos y sacar adelante a su pequeña, pues su único hermano estaba en la cárcel por asuntos de drogas y por robar, y su cuñada y sus dos pequeños vivían también con los padres después de que encarcelaran a su marido. Menuda prenda debía de ser el hermano. Yo sentí auténtico pánico cuando me contó aquello.

-- No te preocupes, hombre... que yo soy una persona decente. Ni robo ni me drogo. Hago esto de acostarme por dinero porque no tengo otra salida. Ya me hubiera gustado que mi marido me hubiese querido y hubiese tenido mucho dinero, que estaría en mi casa recogidita y como una reina. Porque yo soy de las que lo hago por necesidad. En esta profesión, las hay que lo hacen por que les gusta, porque son muy putas, y lo serían aunque fueran millonarias. Yo no, ¿sabes?... Oye y tú siendo un chico tan guapo y joven ¿cómo es que vienes a un sitio de estos?.

-- Pues ya ves. Estoy solo y me encuentro pasando una mala racha. Me quedé viudo hace unos meses y mi mujer ha sido la única mujer con la que he tenido relación. Vamos que fue mi novia de toda la vida. Murió de un cáncer, y desde que se fue me he quedado descolocado. Me dais miedo las mujeres, no sé cómo seduciros ni... cómo trataros. Nunca tuve ese problema hasta que me quedé viudo. En fin que estoy hecho un lío, pues siento una gran atracción por vosotras, pero cuando me acerco me da mucho corte y no sé como hacerlo para trataros con normalidad.

-- Te entiendo -- me dijo Mariana con cara de comprensión y con cierta ironía --. No te preocupes que has dado con la persona adecuada para ayudarte. Te aseguro que hoy cuando te vayas de aquí te vas a quedar absolutamente desbloqueado para siempre. Te darás cuenta de que las mujeres no nos comemos a nadie.

Llevaba allí cerca de una hora hablando y haciendo el amor con una desconocida y contándole todas mis penas, angustias, miedos y frustraciones como si ella fuera mi consejera; y me pareció que el tiempo se había parado en aquella fría y sórdida habitación. Me sentía bien tendido en la cama junto a aquella mujer tan habladora y sabia en las artes amatorias y en los sufrimientos de la vida. Llegué a un acuerdo con ella sobre la tarifa: cuando decidiera dar por terminada la sesión haríamos cuentas, a lo que ella no puso ningún reparo. Mariana supo crear un ambiente de intimidad, de amor furtivo con el que ganarme y ahuyentar de mí cualquier sensación que me hiciera sentir el estar acostado con una prostituta.

-- Pues te voy a decir una cosa y espero que te sirva para algo-- me dijo Mariana después de hacer el amor--. Las mujeres somos todas iguales. Lo que pasa es que a unas se les nota más que a otras las ganas... Ya me entiendes. Lo que no comprendo es que tú estés así. Si un tío como tú, con tu posición, con tu propia empresa, con tu cara, tu cuerpo y lo que tienes aquí entre las piernas,... podías tener todas las que quisieras a tus pies. Vamos que hacía tiempo que no me acostaba con un chico tan guapo y con eso tan grande, ...de verdad.

-- Gracias mujer, tú sí que eres guapa...-- le contesté yo con gran pudor--.


-- Yo sólo soy una viajera en esta vida. Como todos, voy pasando por la vida, de un lado a otro... con mi cuerpo, el amor y el sexo como único equipaje. A veces me encuentro gente educada y respetuosa como tú y doy gracias a Dios, pero no todos los que vienen aquí son así, que a menudo tengo que aguantar a viejos... y a gente sucia y repugnante. A borrachos y salvajes mal educados que te tratan como a un animal. Yo soy una pobrecilla que no tiene donde caerse muerta, lo único que tengo es mi cuerpo que os gusta a los hombres y mucho arte para haceros disfrutar. Ya me hubiera gustado a mí dedicar mi vida a un sólo hombre que me quisiera, pero hay personas como yo, que estamos predestinadas de antemano, desde que nos hacemos adultas, a ser lo que somos. Es como si encajaran tu destino en los raíles de un tren y ya no pudieras salir de ese camino hasta el día en que descarrilas y dejas de viajar para siempre. Imagino que cada persona tenemos unos raíles distintos que nos llevan también a lugares distintos. No sé... la vida debe de ser así, ...creo.

Mariana se quedó seria y callada durante largos segundos, con la mirada perdida en un punto indeterminado del techo de aquella habitación. Me dio la impresión que acababa de descubrir algunas de las claves de su difícil existencia y que se sentía desdichada con el papel que le había tocado jugar en la vida. Sentí la necesidad de animarla, de hacerle ver que todo se puede cambiar si uno es fuerte y se lo propone.

-- Pero cómo dices eso, mujer --le contesté sin mucho convencimiento--. Todos nacemos igual y es la vida y sus circunstancias las que nos van moldeando hacia una o varias direcciones. Además nunca es tarde para rectificar y cambiar de vida ¿no crees?.

Mariana volvió su cara suavemente hacia mí. Sus ojos verdes desprendían un brillo maravilloso y sentí mientras que me acariciaba suavemente en silencio mis sienes con las yemas de sus dedos, que su mirada tenía un aire maternal, amoroso y de gratitud hacia mí. Esbozó una sonrisa con la que entendí que querría explicarme muchas cosas que yo desconocía, que sus penas eran tantas que no podía ya expresármelas con palabras. Tal vez debió pensar que yo, al fin y al cabo, sólo era un cliente más de los que pasaban por su habitación y que no tenía por que darme más explicaciones. Ella era dueña de su vida y de sus circunstancias y yo, posiblemente, empezaba a ser un entrometido.

-- Pues mira... por cierto ...¿cómo te llamas?


--Alvaro. Alvaro Estévez.


-- Mira Alvaro, mi destino estaba escrito desde que yo era pequeña. Me desarrollé muy pronto como mujer, con doce años ya tenía un cuerpo parecido al que ves ahora mismo, y desde entonces he estado en el punto de mira de todos los hombres. Estuve unos años fregando suelos y quitando mierda en muchas casas, y al final los hombres de todas esas casas en las que limpiaba terminaron metiéndome mano o enamorados de mí y queriéndose acostar conmigo. Así que ya ves. Me perece que Dios me puso en esta vida para hacer el amor y nada más... Y tú y yo estamos aquí hablando y perdiendo tiempo en vez de estar en lo que hay que estar. Así que manos a la obra, que a ti te arreglo yo hoy los ánimos. Verás como cuando te vayas de aquí te habrás olvidado hasta de tu nombre.

Mariana me envolvió en la tibieza de su cuerpo y me llevó a su terreno, al mundo que ella dominaba a la perfección: el amor y el sexo. Pasamos no sé cuantas horas en aquella sórdida habitación, en la que llegué a rozar el frenesí. Hubo momentos de verdadera magia en las más de cinco horas que estuvimos allí solos ella y yo: me encantaba hablar con aquella chica charlatana, sencilla y sincera. Era como un torrente interminable de palabras, de ocurrencias y de conversación, sólo callábamos para hacer el amor, y creo que me entregó todo su ser al final de nuestro encuentro, cuando después de prohibirme al principio que la besara en la boca, tras dos horas de estar juntos, ella me besó una y mil veces apasionadamente y abrazados los dos llegamos a sentirnos como dos almas entrelazadas y heridas, en una fría noche de noviembre en algún lugar cercano a Andújar, que buscábamos mutuo consuelo en el calor de nuestros cuerpos. No sé si Mariana fue una extraordinaria actriz o tal vez, quiero pensar que hizo una excepción conmigo, pero lo cierto es que se mostró como una mujer enamorada llena de pasión por mí y consiguió que yo también sintiese aquel día lo mismo por ella.

-- No quisiera dejarte nunca --le dije a Mariana mientras se lavaba en el bidé--. Jamás he sentido esto con ninguna mujer. Creo que me he enamorado de ti Mariana.

-- Calla chico. No sabes lo que dices. Me ha encantado estar contigo toda esta tarde pero no te vas a librar de pagarme. No te olvides de que soy una puta y lo voy a seguir siendo, y que ahora cuando te vayas de aquí, haré lo mismo con el primer cliente que me lo solicite. No idealices las cosas y de nuestro encuentro saca sólo lo positivo para ti, para que madures pronto y tengas más malicia con las mujeres, que estás aún muy verde y eres demasiado bueno. Así que venga, cuando cruces la puerta de salida empieza a olvidarte de mí ¿vale?.

Mientras nos vestíamos en silencio pensé que era raro que Mariana, con lo habladora que era, estuviera callada. La miré sin que se apercibiera y tenía las lágrimas saltadas y las mejillas mojadas.

-- ¿Estas llorando Mariana?


-- No hijo, es que tengo conjuntivitis crónica --me dijo con voz afectada--. La verdad, hijo, es que nunca me habían tratado con tantos miramientos aquí. A pesar de todo, espero dos cosas de ti Alvaro y me tienes que prometer que las vas a cumplir: no volver a verme y que seas feliz y salgas de este bache. Eres demasiado bueno y limpio para que estés así. Endurécete y toma tú el rumbo de tu propia vida, pues puedes hacerlo. Encuentra una buena mujer y forma con ella una familia. Tú tienes buena estrella, lo he notado por tus vibraciones desde que llegaste aquí esta tarde. Mucha suerte... y págame lo que pactamos ¿vale?.

Antes de salir de la habitación nos abrazamos muy fuerte y nos dimos un beso de despedida. Eran cerca de las diez y media de la noche cuando puse el coche en marcha dirección a Córdoba. Durante el trayecto hasta llegar a casa, noté que era un hombre nuevo. Me sentía enamorado de aquella mujer de la vida, pero entendí que era una locura entablar una relación seria con una prostituta habiendo tantas mujeres por ahí. Durante algún tiempo la tuve siempre en mis pensamientos. Pensé que realmente me había enamorado de ella, aunque con el tiempo su imagen se fue enfriando en mi imaginación: aquel sentimiento había sido fruto de mi apasionamiento, pero lo cierto es que desde aquel día comencé a ver la vida de forma diferente, recobré la seguridad en mí mismo, el ánimo y las ganas de vivir, y mi actitud ante las mujeres cambió radicalmente. De la noche a la mañana me convertí en un hombre con un éxito normal entre las chicas. Por fin comencé a tratar con normalidad a las mujeres, la experiencia con Mariana me dio fuerza y seguridad para afrontar mis relaciones.

Han pasado ya siete años desde que estuve en aquel prostíbulo con Mariana. Aún no me he casado y no sé si lo haré algún día, pues no he encontrado a la mujer adecuada con la que compartir mi vida, a pesar de haber tenido multitud de relaciones amorosas y algunos noviazgos más o menos fugaces. Profesionalmente me van las cosas mejor que bien: reconozco que he tenido mucha suerte. Todavía recuerdo a Teresa y la veo en mi memoria, muy lejos: ¡ pobre Teresa, cuantas mujeres he conocido desde que ella se fue !. También recuerdo a menudo a Mariana, una buena samaritana que me dio de su agua dulce y fresca cuando yo andaba perdido y sediento, a cambio de unas pocas monedas. Siempre que paso por esa carretera miro desde el coche aquel local que se llamaba "Paradise" cercano a Andújar. El año pasado justamente convirtieron aquel "puticlub" en un restaurante y hostal de carretera. Me pregunto muchas veces qué habrá sido de aquella muchacha que me entregó su cuerpo y su ser con tanta generosidad hace años. Nunca pude darle las gracias y decirle lo mucho bien que me hizo conocerla. Era una "viajera de la vida" , recuerdo que me dijo en aquella ocasión, y siempre he deseado volver a verla, aunque reconozco que si hoy la encontrara en algún lugar no sé como reaccionaría... Desde luego no la consideraría como a una prostituta sino como a una antigua y buena amiga con la que aún tengo una deuda pendiente que pagar. En cualquier caso, aún siento por ella un profundo respeto y también... por qué no decirlo, una atracción mítica posiblemente fruto de mi imaginación después de los años que han pasado sin saber de ella. Ahora me gustaría ayudarle de alguna forma, pero sólo Dios sabe qué habrá sido de esa mujer.