domingo, 7 de marzo de 2010

LA TRAMPA DEL CAZADOR

Mi madre se habría llevado seguramente un disgusto de muerte si hubiera visto todo lo que me ha pasado desde hace un año para acá. Yo era un buen chico, un muchacho de buena familia educado en un colegio de pago y con la carrera universitaria de economista, terminada a duras penas más por el empeño de mis padres que por mi propio gusto porque mi verdadera vocación de siempre han sido los Toros. El sueño de mi vida hubiera sido vestirme de luces y triunfar en los ruedos: fantaseo aún muchas noches en silencio echado sobre el jergón de mi celda y me imagino a mí mismo parando la embestida del toro, dándole con la capa unos lances a la verónica, y después a la muleta con la izquierda al natural, uno, otro, otro, y otro... con la muleta desmayada y trayendo al animal "toreao", echando la mano atrás y al final rematar con uno de pecho, todo muy despacito y sintiendo al toro pasar muy cerquita de mi bragueta, con la plaza llena de gente enfervorizada gritando olés secos y contundentes a cada uno de mis pases, y saliendo luego por la puerta grande tocando la gloria entre los aplausos del público. Mis padres nunca me dejaron dedicarme a eso, incluso me amenazaron con desheredarme si seguía con mis manías taurinas. Consiguieron así alejarme de mi verdadera vocación, aunque hace unos meses me enteré por mi abogado de que ésa no era causa para desheredar a un hijo. Se lo pregunté por mera curiosidad y porque durante los meses que llevó aquí encerrado no hago más que darle vueltas a lo que hasta ahora ha sido mi vida.

Mis padres tenían una agencia de transportes que mi hermano y yo heredamos cuando ambos murieron en un trágico accidente de coche en la nacional IV, cerca de Aranjuez, hará cosa de tres años. Del coche no quedó nada que recordara al Mercedes Benz 190 E que era. Al menos se ahorraron el disgusto de verme en la cárcel como a un vulgar chorizo. Mamá siempre quiso que me casara pronto y sentara la cabeza con una buena muchacha que me diera muchos hijos, pero no la pude hacer feliz pues, en esa materia yo siempre fui un viva la virgen y me gustan las mujeres demasiado como para casarme tan pronto... y aunque me hubiese casado, seguiría siendo un mujeriego empedernido... No tengo remedio.
Algunos amigos muy cercanos a mí me decían que yo tenía un grave problema psicológico con las mujeres, que yo era un adicto al sexo o un drogodependiente del sexo, y que por eso miraba a las mujeres como simple objeto de placer. Lo cierto es que me veo ahora con treinta y ocho años, privado de libertad, en parte por esa afición mía a las mujeres, pero es que para mí esto de las mujeres es como el toro para un torero. Quién iba a decirme a mí, al rompecorazones de la ciudad, el de los mil y un romances y líos con mujeres... que al final iba a terminar en la cárcel por culpa de una zorra, una loca de atar que me llevó al huerto sin yo sospechar que me estaba buscando una ruina.

En la soledad de mi celda, y con veinticuatro horas al día para pensar, creo que todo lo que me ocurrió fue fruto de una confabulación de algún enemigo anónimo, de los muchos que me he buscado a lo largo de mi dilatada carrera como conquistador de mujeres. Confieso que mi espíritu “donjuanesco” me llevó a desbaratar unos cuantos noviazgos y otros tantos matrimonios: quién me dice a mí, o mejor dicho, al juez que me condenó a doce años de cárcel, que todo lo que me pasó no estaba preparado de antemano para mandarme al talego. Estaba claro para mí desde el principio, que todo fue una venganza personal de alguien, una trampa urdida meticulosamente no sé por quién, pero que descubriré sin duda el día que pueda salir en libertad. Lo que más me duele es que me han roto la vida, estaba ya a punto de casarme y los negocios familiares iban viento en popa, cuando me vino este golpe y ... ¡zas!... a la trena: adiós boda y adiós vida... Todo se fue a freír puñetas de la noche a la mañana. Tenía que haber sido más precavido y estar en guardia pues ahora veo claro que esto me podría ocurrir, lo mismo que a cualquier persona con el tipo de vida que llevaba.

Las horas pasan muy lentamente entre estas cuatro paredes de la Prisión Provincial, donde los olores a zotal y mierda son los principales protagonistas del recinto carcelario, aunque lo peor es el ambiente en el que tengo que convivir, con gente de la peor calaña, asesinos, "chorizos", drogadictos, maricones y gentuza de una gran incultura, encerrados y hacinados en unos cuantos miles de metros cuadrados. Cada día lo llevo peor, mi paciencia está llegando al límite y estoy a punto de estallar o hacer alguna locura... No lo aguanto. Además la mayoría de la gente de aquí dentro me tratan mal porque el delito por el que fui condenado está muy mal visto entre la población presidiaria y para colmo soy inocente de todo cuanto se me imputó. El vicio y el sexo son los culpables de verme en este trance, pero no me pude reprimir. Ni siquiera me paré a pensar en que aquello podía ser una trampa y que podría traerme graves consecuencias. En todo caso mi historia es más propia de un imbécil que de un conquistador, la historia del cazador cazado por su propia presa.

Todo ocurrió una noche de viernes del mes de abril. Aquel día como todos los viernes, tras dejar a mi novia Angela en su casa, me fui con algunos amigos a tomar copas a los sitios de moda. Fue en un disco-pub llamado Azahara en el que conocí a aquella chica. Era una discoteca pequeña y acogedora donde se ligaba siempre, pues todos íbamos exclusivamente a eso. Por las dimensiones del local todos nos teníamos muy cerca. Aquel local además te ofrecía la oportunidad de perderte en la sala de billares y futbolines, o de sentarte en un reservado entre biombos. Observé que al otro lado de la barra había una chica sola que miraba con ojos tristes a todo el mundo. Me despedí de mis amigos y decidí entrar en acción e intentar llevarme a la cama a aquella tía de veintiún años que se llamaba Maribel Anguiano. La verdad es que no valía mucho, era una muchacha más bien del montón, que sin ser especialmente guapa, era joven, estaba buena y tenía cierto morbo, ...una expresión en la cara como si te estuviera diciendo continuamente: ¡fóllame tío, fóllame ahora mísmo! ...o al menos a mí me hacía sentir eso cuando nos mirábamos a la cara. Ahora comprendo la facilidad con la que entablamos conversación, si parecía como si hubiese aguardado mi llegada, pues a los pocos minutos de conocernos ya me pidió que saliéramos por ahí a comer algo pues decía tener hambre.

Todo parecía normal. Estuvimos en un local de comidas rápidas donde había mucho jolgorio. Me dijo que le apetecía escuchar música de los Beatles y le dije que casualmente yo tenía toda su discografía pues era un tremendo fans de su música. Era la excusa para llevármela a casa y ella se mostró muy feliz ante la idea. Al salir de aquel local, Maribel se echó a llorar sin ningún motivo. Me acerqué a ella y le pregunté qué le pasaba. Me respondió una estupidez, pues la acababa de conocer y aún no le había tocado un pelo.

-- ...Todos los hombres sois iguales... ¿por qué me hacéis esto?.


-- ¿...?

Yo no supe qué responder. Me había metido en el mismo saco con una serie de tíos que, según parece, le habían fastidiado la vida, y yo la acababa de conocer, por lo que aún no me había dado tiempo de fastidiarla. Aquello ya me resultó un poco raro y para colmo la tía va y me besa apasionadamente en los labios sin ni siquiera yo habérmelo propuesto todavía. Me contó que había tenido un novio que la había dejado hace años por otra. Ella era de un pueblo de la campiña cordobesa, de Aguilar de la Frontera y estaba en Córdoba preparando oposiciones de Magisterio. En fin, ...que todo entraba dentro de lo posible, aunque me causó cierta extrañeza que se agarrara a mí como un pulpo sin yo haber propiciado aún esta situación y me hiciera suyo tan fácilmente.

-- Trátame bien y sé cariñoso conmigo,-- me dijo la muy zorra con cara de enamorada -- ¿nos vamos a tu casa a escuchar música? ...Me apetece mucho.

Yo le seguí el rollo y pensé que la tenía en el bote. La tía estaba un poco tocada, estaba claro... Gente hay para todos los gustos, y tal vez la muchacha era especialmente sensible o tenía un punto de rarezas que yo no alcanzaba a comprender, al fin y al cabo, cada uno somos de nuestro padre y de nuestra madre y las tías, en especial las jovencitas de hoy día, no tienen por qué comportarse todas de igual forma. Admito que cuando besaba mordía con más fuerza de lo normal, con cierta agresividad, pero ...no sé, a lo mejor --pensé yo-- es que esta chica es más efusiva que otras, o tal vez yo le gusto mucho.

Llegamos a casa y Maribel se quitó definitivamente la máscara. Mientras ponía la música, sentí un fuerte golpe en la espalda que me dejó desconcertado. Era ella, me había golpeado con los tacones de los zapatos y como poseída, sonreía lamiéndose sus labios con la lengua a la vez que se contorneaba mientras se aproximaba de nuevo a mí.

"Ahora te toca a ti", me dijo la tía loca, pero yo no acababa de comprender lo que me quería decir, y al instante me propinó una patada en las espinillas que me hizo ver las estrellas. Yo le respondí instintivamente dándole un soplamocos en la cara, que a ella lejos de intimidarla pareció excitarla aún más, pues me respondió con una nueva patada, esta vez en los cojones, que a duras penas logré esquivar. No sabía exactamente qué es lo que le estaba pasando. La agarré de los brazos para que se dejara de tonterías y acabáramos con aquella historia, pero sólo conseguí que me arañara la cara con sus largas uñas. Le di una nueva bofetada que le hizo poner cara de éxtasis, en el forcejeo la empujé involuntariamente y, sin querer, le rasgué la blusa dejando al descubierto sus senos. Ella tenía ya un ojo algo morado.

-- Hazme el amor a la vez que me golpeas, por favor. Me encanta que me lo hagan así.

-- Tú estás como una cabra, tía...--le respondí yo un tanto desconcertado--. A ti lo que te va es el rollo “masoca”. Pues conmigo lo vas a tener crudo ¿sabes?.

Pero en realidad lo tuvo muy fácil. Debí parar cuando vi de lo que iba la cosa y no supe hacerlo. Cometí el error de seguirle el juego. No sé... en aquel momento me pareció hasta divertido. Le di un par de bofetadas que me pesaron en el fondo del corazón, pero es que la tía me lo pedía insistentemente y con aquella cara de viciosa que ponía, qué caray! ...se las merecía. Ella aprovechaba cualquier descuido mío en que bajaba la guardia para herirme con sus uñas o golpearme con las rodillas ya se sabe donde. Logré quitarle las medias y las bragas, y la até de pies y manos a los cabeceros de la cama a la vez que le tapaba la boca con un pañuelo. Así la poseí varias veces mientras que le daba alguna que otra bofetada. A ella eso parecía estremecerla de placer, parecía sentirse feliz y a gusto con la parafernalia masoquista que me hizo montarle. Yo no soy nada violento y pienso que a las mujeres hay que amarlas y nunca golpearlas. Fue una situación creada por ella y consiguió llevarme a su terreno y en esa situación, de excitación y morbo, me dejé llevar en un momento de locura transitoria por mis más bajos instintos.

Estábamos los dos hechos unos zorros: moratones y arañazos por todo el cuerpo, sangre en los labios, las ropas destrozadas y ella tenia un ojo algo inflamado. Recobré la cordura y le dije muy seriamente que la iba a desatar y que se vistiera pues la iba a llevar a su casa. Ella accedió, se arregló en el cuarto de baño y estuvo un rato en el salón mientras yo terminaba de vestirme. Vivía en un barrio periférico de Córdoba, en el Polígono del Guadalquivir. Eran las tres de la madrugada y las calles de esa zona estaban completamente vacías. Durante todo el trayecto los dos permanecimos callados sin cruzar palabra. Me despedí de ella sin salir del coche: "no quiero verte más tía, estás loca", ella se volvió desde la puerta de acceso a la vivienda y sonriendo malévolamente me dijo: "seguro que no me verás más, imbecil", arranqué el coche a la vez que le gritaba :¡zorra!, y me fui de regreso a casa. En el trayecto comencé a sentirme mal, seguramente porque no me gustó la experiencia... Tanta violencia...Yo no estaba hecho para ese tipo de relaciones. A las mujeres hay que quererlas y tratarlas bien, pero no sé... esta gente tan moderna de la generación "Kronen" es capaz ya de cualquier cosa, me dije a mí mismo como para disculparme.

Llevaría unas dos horas acostado cuando llamaron a la puerta de casa insistentemente. Me levanté sobresaltado y abrí la puerta. La escalera estaba llena de gente, en su mayoría policías y algunas vecinas cotillas en bata. La Policía irrumpió en mi casa y lo primero que hicieron fue esposarme. Después se dirigieron al salón, directamente hacia un jarrón de cerámica de La Rambla que tenía en un estante, de donde sacaron una bolsa de plástico con polvo blanco en su interior. No comprendía nada de lo que estaba sucediendo y le grité a uno de ellos que me explicara qué es lo que pasaba.

-- A las cuatro y media de la madrugada -- me dijo uno de los policías muy serio y mirándome a los ojos -- una chica llamada Maribel Anguiano ha puesto una denuncia contra usted y le acusa de haberla violado y golpeado brutalmente. Su aspecto evidencia desde luego que no se trata de una broma... Además denunció que usted poseía drogas, precisamente en el lugar donde hemos encontrado esta bolsa con trescientos gramos de cocaína. Esta usted metido en un buen lío. Le aconsejo que cierre la boca y se busque un buen abogado, pues las cosas están muy claras en su contra. Tendrá usted que darnos muchas explicaciones.


La policía me desnudó y apreciaron en mí todas las señales que la zorra de Maribel me había dejado en la cara, espalda y piernas, según su declaración me las produjo para defenderse de mis ataques. La última de las evidencias en mi contra la encontraron cuando me hicieron las pruebas de semen y se comprobó que había penetrado a aquella muchacha. La Policía no creyó nada de mi versión de los hechos, ni siquiera mi abogado tuvo fe en mi inocencia, así que la condena estaba clara. El juez determinó prisión preventiva esa misma mañana después de varias horas de declaraciones y desde entonces me encuentro aquí. El juicio se celebró dos meses después y fue una farsa cruel como toda esta historia. Todo estaba preparado: nuestro paso por el restaurante de comidas rápidas, las lagrimitas de Maribel sin venir a cuento, incluso la acusación sacó unos falsos testigos que declararon en mi contra. Dijeron que me vieron amenazarla en público... en fin, que me condenaron a doce años de prisión y aquí me encuentro, entre cuatro paredes, sin haber probado en mi vida ninguna droga ni haberme llevado nunca a una mujer por la fuerza a la cama.

En estos momentos vivo en un estado de paranoia permanente y pienso que cualquier persona pudo haber preparado esta trampa para quitarme de la circulación, aunque no acierto a saber quien ha podido ser. Sospecho ahora de mi hermano Carlos más que de nadie. Él es el más beneficiado de todo cuanto me ha ocurrido, pues se hace con el control absoluto de la empresa, pero también se ha interesado mucho por sacarme de aquí. No sé... a lo mejor todo es un montaje por su parte para hacerme creer que siente mucho lo que me ha pasado. Lo cierto es que él y yo nunca nos hemos llevado bien, pero... ya no sé qué creer. A diario me encierro a solas con el fantasma de mi enemigo pero no logro verle la cara. En todo caso no pararé mientras viva hasta que descubra al autor de esta trampa que me ha hundido en la miseria más absoluta.